en Justicia e Interior

– Álvaro López de Goicoechea – 

La pertenencia o no a la Unión Europea siempre ha sido objeto de vivo debate en el Reino Unido. Desde la época de Margaret Thatcher. Fruto de ese debate, Londres ha logrado ir moldeando a la medida su pertenencia a la UE. En 1984 la propia Thatcher lograba el llamado “cheque británico” con el que se compensaba a las islas por su falta de utilización de los fondos destinados a la Política Agraria Común.

El pulso entre europeístas y euroescépticos se fue avivando con los años porque resultaba útil a determinadas estrategias políticas. Agitando la bandera contraria a Bruselas, David Cameron llegó al 10 de Downing Street. El pacto con los liberales suavizó el euroescepticismo del gobierno británico, aunque para entonces los Conservadores llevaban ya tiempo en un grupo propio en la Eurocámara, lejos del Grupo Popular Europeo.

Pero, ya se sabe, siempre hay alguien más radical cuando se trata de emprender una carrera hacia ninguna parte. Es ahí donde nació el Ukip de Nigel Farage. No tuvo ningún reparo en doblar la apuesta de Cameron y hacer de su oposición a la Unión Europea su única estrategia política. Habían nacido los eurófobos. Cameron quedaba atrapado entre dos fuegos y optó por la vía del referéndum para resolver el encaje de su país en el seno de la Unión. Sin embargo, él ya no encabezaría a los partidarios del Brexit, sino todo lo contrario. Eso sí, en su particular viaje desde el no a Europa al sí pero…, imponía una negociación en la que exigía a Bruselas renunciar a parte de sus principios a cambio de un incierto horizonte en el que intentaría convencer a los británicos de seguir perteneciendo a una Europa reformada.

Cameron enseñaba sus cartas, reclamando a los socios de la Unión una serie de concesiones (disminución de las prestaciones a los inmigrantes procedentes de otros países comunitarios, defensa ante el euro, medidas para salvaguardar la city, blindaje contra el exceso de legislación de la UE y contra los esfuerzos por lograr una mayor integración…). En paralelo, se empleaba a fondo para persuadir a sus conciudadanos con argumentos contrarios a los que había defendido para llegar al puesto de primer ministro. Ahora Cameron considera que es mejor permanecer en la Unión Europea y para ello se apoya en la opinión de algunos de los principales empresarios de su país.

Pero en este peculiar viraje desde el euroescepticismo al europeísmo reformado, el primer ministro británico ha dejado varios cadáveres en la cuneta. El menor no es el de la libre circulación. El Reino Unido fue uno de los más entusiastas defensores de la ampliación iniciada en 2004 hacia el este, al considerar que una UE ampliada vería diluidos sus principios. Acogió con los brazos abiertos a los primeros inmigrantes procedentes de los nuevos socios. Pero cuando la crisis económica azotó a las principales economías del mundo, incluida la británica, la demanda de mano de obra cayó. Ya no eran necesarios los trabajadores procedentes del este y tampoco los que huían de las guerras que la Primavera Árabe había provocado en varios países de la cuenca sur del Mediterráneo.

El debate sobre la libre circulación estaba servido. Pero no afectaba solo al Reino Unido. Europa quería blindar sus fronteras exteriores para evitar una llegada incontrolada de inmigrantes.  España vivió la presión de los cayucos que llegaban a Canarias, de las pateras que trataban de alcanzar las costas andaluzas o de los migrantes que se agolpaban junto a los pasos fronterizos de Ceuta y Melilla. Los acuerdos con Marruecos, el despliegue policial en los puntos calientes y la cooperación con los países de origen permitieron controlar el problema, que progresivamente se ha ido trasladando a otros puntos.

Los conflictos bélicos en Siria, Irak y Libia o el más lejano de Afganistán, han inundado el Mediterráneo de barcazas que las mafias llenan para hacer llegar a Europa a miles de personas que buscan un futuro mejor. El Canal de Sicilia se ha convertido en una trampa mortal para miles de demandantes de asilo que parten de las costas libias. Lo mismo pasa en el Egeo, en torno a las islas griegas y, cómo no, en la frontera turca. Pero son muchos más los que logran vencer todas las dificultades y se plantan en territorio de la Unión Europea.

El destino final no es Grecia o Italia. Los migrantes tienen todas sus esperanzas puestas en llegar cuanto antes al núcleo central de la prosperidad europea: Alemania, Austria, Dinamarca, Reino Unido o Francia…Frente a esta situación, a Europa le está faltando una estrategia coordinada. Ante la mayor emergencia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, los 28 sólo se han puesto de acuerdo en apremiar a los países de la UE con fronteras exteriores a hacerse cargo del problema. La supuesta desidia de Grecia a la hora de registrar a quienes llegan a sus costas ha provocado que Bruselas le amenace con dejarle fuera del espacio Schengen.

Mientras, los socios comunitarios no acaban de cumplir sus compromisos de mínimos. De los 160.000 demandantes de asilo que habían pactado asumir, sólo 500 han encontrado acomodo legal hasta la fecha. La Unión Europea trata de ganar tiempo inyectando ayuda económica a Turquía a cambio de que cierre el paso de los refugiados hacia Europa. Una Europa que se resquebraja y en la que cada cual busca solución a su problema concreto, olvidando el valor de la Unión.

Hungría anuncia un referéndum para oponerse a las decisiones de Bruselas y blinda sus fronteras con alambradas. El grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría) se niega a acoger demandantes de asilo, apelando a razones similares a las que han combatido cuando sus nacionales han sido rechazados en otros países como el Reino Unido. Alemania, Dinamarca o Austria, enduren y limitan su política de acogida ante la creciente presión de sus ciudadanos. El caso más notable posiblemente ha sido el de Alemania, donde Angela Merkel ha sufrido duras críticas dentro de su propio partido por defender una política de mano tendida. Por si fuera poco, Austria ha encabezado a un grupo de países balcánicos (Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia, Kosovo, Montenegro, Bulgaria y Macedonia) que, al margen de la Unión Europea, pretenden blindar sus fronteras e impedir el paso de migrantes procedentes de Grecia.

El cuello de botella se estrecha cada vez más en este país. A ocho años de crisis económica se une desde hace tiempo la presión de sus vecino para que afronte en solitario un problema humanitario que afecta a todos. Las calles de Atenas o El Pireo han comenzado a llenarse de demandantes de asilo a quienes las mafias exigen más y más dinero por trasladarlos a un país de la Europa rica. Según la Organización Internacional para las Migraciones, en lo que va de año más de 100.000 personas han entrado a Grecia por mar. El responsable de ACNUR, Filippo Grandi, ha denunciado la situación y el primer ministro griego, Alexis Tsipras, ha exigido que se ponga fin a las acciones unilaterales y que se impulsen políticas basadas en la cooperación a nivel europeo e internacional.

El temor a inundar Europa con llegadas masivas de inmigrantes ha ido calando progresivamente en distintos sectores sociales, azotados por una crisis económica que ha llevado a algunos a abrazar tesis xenófobas. Además, atentados de corte yihadista como los ocurridos en el último año en París y antes en Madrid o Londres han incrementado el temor ante lo desconocido, ante los de fuera…

Y en medio de este panorama, Europa renuncia a estar unida en la búsqueda de soluciones. Dinamita la libre circulación para blindar las fronteras nacionales y hace concesiones a unos y otros, no sólo al Reino Unido, para mantener una apariencia de unidad cada vez menos creíble. No basta con apostar por un mercado interior fuerte si no estamos dispuestos a garantizar también la libertad de circulación de los ciudadanos europeos. O nos sentimos integrantes de un todo común o no seremos nada.

Quienes alumbraron la Europa que todavía hoy conocemos tenían claro que su idea sólo sería útil en la medida que así los percibieran los ciudadanos. Europa debe servir para solucionar en común problemas y retos como los planteados por la crisis económica o la crisis de los refugiados. Si no somos capaces de asumirlo así y preferimos apostar por la fragmentación y por el todos contra todos, no estaremos haciendo una Europa unida. Estaremos cayendo en errores del pasado. Conviene saber quiénes están dispuestos a luchar por una Unión Europea que haga honor a su nombre. Sólo con ellos podremos impulsar un proyecto que a día de hoy reúne a 500 millones de ciudadanos.

Álvaro López de Goicoechea. Subdirector de Internacional de los Servicios Informativos de TVE y corresponsal en Bruselas (2008 – 2015)

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