en Política Exterior y de Seguridad

– Roberto Castaldi – 

Donald Trump será el próximo Presidente de los Estados Unidos de América, tras una de las campañas electorales más controvertidas que se recordará en mucho tiempo. Los mercados de todo el mundo han reaccionado con fuertes caídas. Como ya ocurrió con el Brexit, ni los bancos ni la Bolsa podían prever el resultado, confundidos por una especie de “deseo”.

El principal problema es que nadie puede predecir qué sucederá a partir de ahora. Trump ya ha cambiado de opinión en varias ocasiones y ha defendido argumentos opuestos durante su carrera hacia la Casa Blanca. Insultó a muchos aliados  de los Estados Unidos y envió señales de apertura a Rusia y a Vladimir Putin. No tiene experiencia política previa, por lo que el mundo desconoce cuáles pueden ser sus verdaderas intenciones. Excluyendo los recortes de impuestos anunciados para los millonarios, que le afectan a él mismo, sus próximos movimientos son impredecibles. El mundo está pendiente, sobre todo, de su política económica, de migración y medioambiental, cuyo impacto será global.

La diferencia la marcará el equipo que Trump formará y le acompañará, así como la influencia que el Partido Republicano tendrá en la nueva administración. Será, probablemente, limitada, ya que la mayoría de los republicanos se han mostrado contrarios a Trump, quien prometió cambiar completamente la clase gobernante de Washington. Será además la prueba de fuego  para el sistema de “check and balance” creado por los padres fundadores para evitar una deriva autoritaria. Trump y los republicanos controlarán tanto la Cámara de Representantes como el Senado, y tendrán que nombrar al juez del Tribunal Supremo – que actualmente tiene un número equitativo de jueces liberales y conservadores – para asegurar una mayoría republicana conservadora.

Para el mundo y para Europa dará comienzo una nueva etapa incierta y peligrosa. Durante la presidencia de George W. Bush, la mayoría de los europeos pensó que EE.UU. era el país que constituía un mayor peligro para la paz y la seguridad en todo el mundo. Lo mismo podría suceder durante los próximos cuatro años, aunque con una diferencia sustancial: en aquel momento, los europeos criticaban una política exterior agresiva en un contexto que no presentaba para los europeos desafíos fundamentales de seguridad. Hoy, los europeos están rodeados de amenazas y guerras, y la opinión de Trump sobre ellas ya refleja que los Estados Unidos no vendrán al rescate. La independencia de los países bálticos, miembros de la UE, cuyo espacio aéreo ha sido repetidamente violado por aviones militares rusos en los últimos meses, tendrá que ser garantizada por los propios europeos. La capacidad y disposición de Rusia a usar la fuerza se demostró en la anexión de Crimea, la guerra en Ucrania y la intervención en Siria, apoyando a Assad. La estabilización de Turquía, Oriente Medio y el Norte de África – de los que depende el control y la reducción de los flujos de refugiados y la contención del terrorismo islámico – será nuestro problema.

La OTAN se presenta como un lugar de encuentro en el que los estadounidenses exigirán a los europeos invertir más en defensa. Por lo tanto, es importante que los europeos aceleren la integración en política de defensa y creen pronto un centro de mando unificado, pero no en Bruselas, donde será absorbido por la OTAN, sino en Estrasburgo, en el lugar donde se ubica la segunda sede del Parlamento Europeo, que todos quieren abolir excepto Francia. Los países de la UE, en su conjunto, ostentan el segundo presupuesto militar del mundo, cercano al de China y más grande que el de Rusia, aunque con una capacidad muy limitada. Una defensa europea unificada permitiría enormes economías de escala y especialización, y aumentaría considerablemente nuestra capacidad para hacer frente a los actuales desafíos de seguridad, incluso con el mismo nivel de gasto militar.

Asia no tiene un sistema de seguridad colectivo. La designación de Trump como presidente provoca que los compromisos de seguridad de EE.UU. hacia Corea del Sur y Japón sean menos estables. Esto podría conducir al rearme de Japón y Corea del Sur – probablemente con el propósito de adquirir armas nucleares – y, posiblemente, a una carrera armamentística en todo el Lejano Oriente. Esto acelerará el ascenso militar de China, que continúa teniendo disputas territoriales con sus vecinos e incrementando su gasto militar, también con vistas a un potencial papel hegemónico en el mundo.

Es improbable que los acuerdos climáticos y comerciales firmados recientemente por Estados Unidos sean ratificados, lo que tendrá graves repercusiones en la lucha contra el cambio climático y en la economía mundial. Además, hay pocas expectativas de que se fortalezcan la gobernanza mundial y las instituciones internacionales multilaterales. Esto debilitará el intento de abordar los principales problemas mundiales de forma coordinada, que trata de incentivar beneficios públicos mundiales como el comercio internacional, una mejor regulación financiera, la seguridad y la estabilidad del orden mundial y la lucha contra el cambio climático. Las opciones preferidas de Trump parecen típicas de la realpolitik: confrontación y, posiblemente, acuerdos bilaterales con las grandes potencias incluso a expensas de sus aliados más pequeños, y uso de la hegemonía militar para llevar los costes a otros países. Es probable que parezca el mundo del siglo XIX, pero sin un papel central para los europeos, y con un escenario de proliferación nuclear, en el que, además, se enfrenta a un terrorismo cuyo objetivo principal es sólo Europa.

Desde el punto de vista político, el éxito de Trump, después del Brexit, fortalece un nacionalismo con ropajes populistas. La tendencia cada vez mayor a cerrar nuestras sociedades es muy similar a la que, tras la Primera Guerra Mundial, condujeron a regímenes fascistas en varios países europeos. Protagonistas de la pequeña burguesía – la conocida clase media -, asustada por la profunda brecha, cada vez mayor, entre la gran burguesía, por un lado (actualmente las élites financieras y empresariales), y el proletariado en ascenso por otro (hoy migrantes),  piden su papel específico en la sociedad. El desafío entre la sociedad abierta y las mentes cerradas – que, en situaciones extremas, y ante amenazas serias para la defensa o durante las guerras, puede llevar a las peores violaciones de derechos humanos de la historia, como sucedió con el Holocausto – se está librando hoy en Europa.

Por un lado, asistimos a una propuesta de política agresiva basada en recetas tan sencillas como ilusorias, que apela a los temores de la gente y promete un cambio radical. Por otro, vemos una clase política que defiende los poderes nacionales y, por lo tanto, de un poco satisfactorio “statu quo” que no es capaz de abordar los grandes desafíos que existen en los ámbitos de la economía y la seguridad. Las fuerzas que se preocupan por el proyecto de la Modernidad – basadas en el intento de combinar secularismo, liberalismo, democracia y socialismo – necesitan desesperadamente un proyecto unificador, un cambio de perspectiva, constructivo y razonable, que pueda dar esperanza y futuro a nuestra sociedad.

El hecho de que los jóvenes sean los que se muestran más a favor de la integración europea es un indicio de cuál podría ser el único plan fiable para frenar el nacionalismo populista y salvar la democracia y la sociedad abierta. Tras la elección del Brexit y de Trump, se necesita una propuesta radical de cambio. Esto sólo puede llegar de la unificación europea, con la creación de un gobierno federal democrático y legítimo, responsable ante el Parlamento, dotado de los poderes para llevar a cabo políticas realmente europeas en materia fiscal, económica, exterior, de seguridad y de defensa. El nacionalismo está imponiendo una nueva división política entre el pueblo y las élites, lo que, a su vez, lo favorece. Un nuevo y ambicioso proyecto europeo podría convertirlo en una escisión entre un futuro europeo y un pasado nacionalista, un ideal constructivo y un mito destructivo.

En un mundo global cada vez más dominado por los poderes políticos y los países continentales, una Europa unida es nuestra única oportunidad de afrontar los desafíos que tenemos en frente.

Podemos aprender algo de la campaña electoral estadounidense: seremos más fuertes juntos para hacer grande a Europa otra vez.

Roberto Castaldi. Director CesUE, Co-Editor ‘Perspectives on Federalism’, Presidente MFE-Toscana.

Consulta la versión en inglés de este artículo en MoreEU – The Blog

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