en Comunicación

– Marta Hernández – 

¿Cuál es la utilidad de la Unión Europea?, se preguntaron muchos británicos en la víspera del referéndum sobre la permanencia de su país en la UE. Una pregunta que también se han planteado repetidamente europeos de todos los Estados miembros, sobre todo desde el estallido de la crisis económica.

La dificultad del contexto económico generó una etapa convulsa. Una de sus consecuencias más difíciles de medir fue la gestación de un discurso especialmente crítico con el proyecto de integración europeo. Se extendía en el imaginario común la impresión de que la UE no era capaz de responder a las necesidades sociales del momento. Y políticos como Le Pen, Wilders o Farage dirigieron sus esfuerzos a extender esa gota de aceite con un discurso simplificado, lleno de respuestas fáciles a problemas complejos. En su argumentación, fuertemente emotiva, la pertenencia a la Unión solo acarrearía más sufrimiento social. Había que volver a las fronteras nacionales.

Escuchábamos un mensaje que resultaba familiar en el continente europeo: un discurso fácil de recordar, que apelaba a la identidad, que se anclaba y legitimaba en un contexto de dificultades y en el que el responsable de todos los problemas siempre se encontraba al otro lado de la frontera nacional. Este discurso se estaba extendiendo en varios países. Aquellos que no se identificaban con el mismo parecían menos dispuestos a alzar la voz a favor de la Unión Europea. Hasta que llegó una sucesión de eventos desencadenantes. Tenían tanta fuerza que cambiaron la tendencia de esta espiral del silencio.

Puede que fuesen el brexit, los índices de popularidad de Wilders o las encuestas en ascenso de Le Pen. Desde 2016, organizaciones trasnacionales europeístas comenzaron a convocar manifestaciones a favor de la unidad de Europa que han ido, progresivamente, siendo más y más secundadas. Entre otros, Pulso de Europa decidió lanzar tímidas convocatorias semanales, que congregaron a unas 300 personas en Alemania, Bélgica o Países Bajos, cada domingo a las 14,00 horas. Fueron creciendo a un ritmo que ni los organizadores preveían. Los manifestantes pasaron a contarse por centenares y en las últimas convocatorias de Fráncfort o Berlín, por miles. Se ha extendido por más de 80 ciudades; en España, Madrid ha sido la primera en sumarse.

Su objetivo, y puede que la clave de su éxito, es reconocer la fuerza del proyecto de integración europeo y convertir esta idea de nuevo en el discurso dominante. Según el manifiesto de Pulso de Europa, reivindican que “el proyecto europeo no debe fracasar”, que la Unión “es la paz entre los pueblos de Europa”, que “los derechos fundamentales y el Estado de derecho son la base de Europa” o que la UE “nos une en nuestra diversidad”.

Han decidido, por tanto, apoyar decididamente los valores del proyecto de integración, sin entrar excesivamente en el debate sobre cómo mejorarlo. Se atreven a luchar contra el euroescepticismo con armas emocionales, que normalmente los críticos han monopolizado. En un contexto en el que se debate sobre la utilidad del proyecto de integración, encuentran pertinente actualizar argumentos clásicos como la necesidad de unir a los europeos para defender la paz, los derechos humanos, el Estado de derecho o el bienestar social.

También hay otros movimientos que combinan la defensa de lo conseguido con la reivindicación de lo que queda por recorrer. En este sentido, es resaltable la Marcha por Europa que tuvo lugar el 25 de marzo en Roma, con ocasión del 60 aniversario de la firma de los tratados. Más de sesenta organizaciones se unieron a esta convocatoria, cuyo propósito era manifestarse por más y mejor Europa. Se pedía, entre otras medidas, avanzar en una estructura institucional más democrática y una unión política más estrecha.

Con uno u otro objetivo, estos movimientos sociales pueden atribuirse el mérito de ofrecer una contraposición al discurso euroescéptico, posicionándose claramente a favor del proyecto de integración. Ya adelantó Noelle Neumann, autora de la teoría de la espiral del silencio, que la imitación social y el miedo a la exclusión extienden el discurso dominante a modo de bola de nieve. Por supuesto, este proceso tiene una incidencia directa en el comportamiento político. De ahí la importancia de que un discurso europeísta ilusionado y renovado llegase a tiempo para contribuir a ganar la batalla que se libró en Países Bajos. Prestemos atención a lo que ocurre estos días en Francia.

Marta Hernández. Investigadora del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

**Artículo publicado previamente en eldebatedehoy

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