en Políticas de la UE

– Clémence Vigneron – 

África es uno de los continentes con el crecimiento económico más alto del mundo, pero sigue presentando grandes desigualdades y retraso a nivel de desarrollo humano.

El continente ha recibido mas de 1 trillón de dólares en los 50 últimos años (Moyo, 2009), pero la mayoría de los países siguen siendo dependientes económicamente de los donantes. Ello nos lleva a la conclusión de que la ayuda humanitaria no está bien distribuida en los países africanos y se enfoca demasiado en la erradicación de la pobreza. Los donantes se centran en la consecuencia y no en las causas de esta pobreza.

Thomas Piketty, Premio Nobel de Economía, y Lucas Chancel, economista, (entrevista en la radio FranceInter, 14/12/2017) realizaron un estudio de datos sobre la desigualdad entre 1980 y 2017 en el mundo, llegando a la conclusión de que las desigualdades siguen creciendo en nuestro siglo en la mayoría de los países. Su estudio demuestra que, por ejemplo, dos países que han vivido el mismo crecimiento económico como China e India presentan desigualdades diferentes. En China la desigualdad es menor porque se ha invertido mucho en la educación, la salud y las infraestructuras necesarias. Este estudio nos permite apoyar la idea de que la ayuda humanitaria no es eficaz, porque se focaliza sobre la reducción de la pobreza y no sobre la implementación de soluciones para reducir las desigualdades y para que la economía crezca.

La comisión de septiembre de 2017 sobre la cooperación al desarrollo en África ha previsto que la mayoría de la ayuda proveída será para promover la estabilidad política de los países mas inestables, con el fin de desarrollar una economía sostenible. Sin embargo, los resultados de la ayuda proporcionada no muestran resultados explícitos. En efecto, un aumento del crecimiento económico no significa solamente que haya un aumento del nivel de vida de las poblaciones, una mejora. Las exportaciones deben también tomarse en cuenta a la hora de analizar el PIB. Dichas exportaciones benefician a los países donantes sobre todo (Bhattarai, 2016), porque los proveedores de la ayuda se aprovechan de su implementación en los países necesitados para hacer sus negocios, su comercio y vender sus productos y, por lo tanto, incrementar su propia economía.

Menos de un 6,5% de la ayuda total proporcionada está distribuida en los ámbitos realmente necesarios para que haya un desarrollo sostenible de sus economías. La educación, la salud, las infraestructuras y la energía, por ejemplo, deberían ser las áreas con la mayor inversión. Además, existen muy pocos controles de la ayuda en los países receptores, lo que fomenta la corrupción en estos países y el crecimiento de las desigualdades. Como dice Eduardo A. Carreño, “lo importante es el resultado de la cooperación, por lo cual, es aceptable éticamente una intervención en el Estado receptor con el fin de asegurar un alivio a los más necesitados”.

El estudio del World Economic Forum sobre la competitividad en África destaca que un 25% del PIB debería ser invertido en infraestructuras para reducir de manera significativa la pobreza, hecho que no ocurre actualmente. Mejorar las infraestructuras permitiría dar acceso a más educación y más formación a las poblaciones. Tener mayor conocimiento en cómo desarrollar un negocio, cómo es el autoempleo, cómo llevar a cabo un proyecto financiero o tener más capacidades en el ámbito empresarial, permitiría a los pueblos ser independientes de la ayuda proporcionada y vivir con sus propios recursos.

UNICEF desarrolló un estudio en Sudán del Sur que analizaba los efectos de la monitorización de sus programas de salud, desnutrición, agua y educación para promover una sistematización de estos procesos y que fueran mejor distribuidos entre las poblaciones necesitadas. El resultado del estudio es muy positivo, puesto que monitorizar a los pueblos permite que sean independientes y que la ayuda proporcionada sea utilizada eficazmente. No basta proporcionar cuantiosos importes de dinero a los países pobres, sino que se les tiene que enseñar cómo desarrollar una economía sostenible.

Los países desarrollados que proporcionan la ayuda se equivocan en la identificación de las necesidades de las poblaciones en los países receptores. Tienen que realizar estudios y evaluaciones de sus proyectos para analizar las repercusiones y los resultados de ellos y, por lo tanto, mejorarlos. No se puede solamente exportar los modelos económicos de los países desarrollados a los países africanos.

La conciencia cada vez mayor de la situación crítica de algunos estados africanos respecto a la ayuda proporcionada nos lleva a pensar que habrá un progreso en la cooperación al desarrollo por parte de los países que proveen dichas ayudas.

Clémence Vigneron. Alumna del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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