en Políticas de la UE

– Yaiza Ibarra – 

Internet ya no es lo que era. Esta frase hecha viene cargada de razón desde que el FCC, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, votara a favor de derogar la neutralidad de la red. ¿Qué quiere decir esto exactamente?

El acceso a Internet en Estados Unidos estaba categorizado, desde 2015, como un bien público, equiparándose, por tanto, a necesidades tan básicas como el teléfono. Este tratamiento de Internet que Obama impulsó ha cambiado con la era Trump. Ajit Pai, el Presidente de la Comisión, inclinó la balanza del proceso con su voto a favor de acabar con la ley de neutralidad en Internet. Acérrimo defensor de la vuelta a la legislación previa a 2015, Pai sostiene que los usuarios verán mejorada la calidad del servicio al generarse más competitividad en las empresas.

Siempre hubo clases. Esta otra frase hecha resume también en pocas palabras lo que implica la aniquilación de la regulación de Obama. Los proveedores de conexión podrán decidir, a partir de ahora, qué tarifas se imponen para acceder a redes sociales, a Wikipedia, o a plataformas que ya son de pago, como Netflix. Las posibles situaciones que los estadounidenses pueden encontrarse en la materia aún se perfilan vagamente: desde la configuración de tarifas centradas en las redes sociales que permitan a los usuarios no gastar un solo dato por pasar la tarde en Instagram a la posible variación de velocidad en la conexión dependiendo de lo que cada quien decida -y pueda- pagar, pasando por un acuerdo entre servicios de pago y proveedores, resultando en un aumento del precio para los usuarios que deban contratar ambas opciones para conseguir una calidad que hasta ahora era implícita.

Pero los titulares anónimos no son los únicos que ven peligrar su modus operandi a la hora de acceder a Internet. Pequeñas empresas y sitios webs incipientes, que apelaban hasta la fecha al libre albedrío de los usuarios para poder ser descubiertos -con algo de ayuda del algoritmo de Google, todo hay que decirlo- pueden acabar fracasando, apartados por las velocidades más rápidas y las mejores conexiones que las grandes compañías se asegurarán de concertar con los proveedores.

Ahora que quienes controlan en Estados Unidos el acceso a la información contenida en la red está en manos de unos pocos, los usuarios de la Unión Europea miran hacia sus dirigentes con aprensión: ¿estamos ante un movimiento que puede tener réplica europea? A propósito de la derogación de la ley, la Comisión Europea publicó en su perfil de Twitter una nota de prensa de 2015 en donde se hacía patente la intención de la institución de proteger el libre acceso a Internet. Movimientos tan sonados como el fin del roaming en territorio europeo forman parte de una batería de medidas que posicionan al usuario en un lugar privilegiado con respecto a grandes compañías e intereses comerciales.

Pero si los usuarios desconfían es porque hay razones para ello. Aunque sobre el papel existan medidas aprobadas desde 2016 por la Comisión Europea para mantener una Red libre, en la práctica no todos los Estados miembros están actuando de igual forma. No hace falta más que irse a Portugal para advertir el inquietante movimiento de algunas compañías, que ofrecen tarifas divididas en función de las actitudes de los usuarios: centradas en el vídeo, en las redes sociales, en los videojuegos…

Quien ha tomado una iniciativa parecida en España ha sido Vodafone, la compañía telefónica que se centra en los jóvenes que consumen compulsivamente información de las redes sociales, con una tarifa en la que se promete un gasto nulo de datos siempre y cuando se navegue entre aplicaciones concretas.

La excusa de que personalizar la oferta es mejor para los usuarios no puede ser aceptada en un panorama internacional que tiende al reconocimiento y rastreo extremo del cliente, que obtiene cada vez más repercusión transmedia. Si Internet cobra tanta fuerza fuera de una pantalla, entonces hay que protegerlo de quienes intentan sacar rédito a la idea de que hay que apartar al usuario del mundo hostil que se abre con tres “www”.

Conectar a personas, democratizar el conocimiento y ser libre hasta el punto de convertirse en molesta, es lo que ha hecho que la red forme parte de la identidad de millones de personas de forma intrínseca. Las páginas web erigidas en forma de protesta pretenden que los usuarios sean conscientes de su interconexión y su poder para forzar la decisión de un gobierno. Pretenden alertar del peligro que supone que las normas impuestas vengan de fuera, que no hayan sido construidas al calor del debate que alimenta Internet.

Quizá es, precisamente, la mejor llamada de atención para unos ciudadanos que han crecido con la accesibilidad al contenido de la red, que dieron por hecho la inmutabilidad de esta herramienta. Ese páramo inabarcable que recuerda tanto a un Salvaje Oeste sin reglas, que se nutre de ellas a la vez que evolucionan los propios usuarios, ahora está en peligro. Nadie puede ponerle puertas a Internet, pero eso no quiere decir que no vayan a intentarlo.

Yaiza Ibarra. Alumna del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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