en Políticas de la UE

– Álvaro Imbernón – 

Durante el reciente debate sobre el estado de la UE el presidente de la Comisión Juncker hizo especial énfasis en la distinción entre patriota y nacionalista: “Digamos sí al patriotismo que no se esgrime contra los demás. Digamos no al nacionalismo fatuo que rechaza y odia a los demás, que destruye, que busca culpables en lugar de buscar soluciones que nos permitan vivir mejor juntos”. Ello recordaba a la separación de Orwell entre patriotismo (defensivo) y nacionalismo (ofensivo) en Notes on nationalism. ¿Por qué ese hincapié en lo que muchos pueden considerar una cuestión de matiz?

El proyecto europeo está intrínsicamente unido a la idea del “nunca más” apelar a la guerra, el nacionalismo y el proteccionismo que llevaron a las horas más tristes del continente durante el siglo XX. Lo ha hecho fomentando la apertura y la interdependencia a través de la eliminación de fronteras o la cesión de soberanía nacional, además de dar la espalda al etnicismo. Esto quedaba expresado en dos grandes símbolos: la libre circulación y la moneda común.

Sin embargo, las recientes crisis están agotando esta narrativa de “paz, democracia y prosperidad” y han llevado al fin del consenso permisivo. La ultraderecha euroescéptica ha dejado de ser una fuerza minoritaria para pasar a ser fundamental a la hora de sostener a buena parte de los gobiernos nacionales de la Unión. El auge de este tipo de formaciones suele ser explicada desde dos grandes visiones. La primera sería la de los perdedores de la globalización que ven su seguridad económica en entredicho por una mayor competencia internacional y el progreso tecnológico. La segunda sería en clave identitaria y cultural entre los que rechazan la inmigración y el cambio hacia valores más progresistas. Sea cual sea la principal causa, los eurófobos tratan de combinar ambos aspectos fomentando una identidad nacional fuerte incompatible con la UE. Lo resume bien Marion Maréchal Le Pen: “Mi hipótesis es que es posible unificar las demandas de las clases medias y las populares sobre la base de la cuestión de la identidad [nacional]”. Así, la oposición a la UE se identifica con el descontento con la globalización, la adaptación al progreso tecnológico, la inmigración y el cambio cultural. Nada más sencillo que plantear esta propuesta nativista presentando a los símbolos de la Unión, la libre circulación y la moneda común como camisas de fuerza y apostando por el soberanismo (nacional) frente a una Unión caracterizada como cosmopolita, multicultural y liberal.

Si hace unos años pensábamos que el futuro estaría marcado por las identidades múltiples (Amartya Sen) hoy el panorama ha cambiado por completo. Es cierto que si atendemos al Eurobarómetro la identidad dual europea-nacional sigue siendo la mayoritaria en gran parte de los Estados miembro. Sin embargo, los ultranacionalistas se muestran cada vez más capaces de marcar la agenda y su discurso va calando por lo que esa identidad dual cada vez está más en entredicho, especialmente en el este. A esto se refería Ivan Krastev en After Europe: “Ser cosmopolita y al mismo tiempo un “buen polaco”, “buen checo” o “buen búlgaro” no es probable”. Para explicar el Brexit David Goodhart en Road to Somewhere distingue entre ciudadanos anywhere o de cualquier parte (cosmopolitas con movilidad geográfica) y somewhere o de un sitio concreto (que se identifican con lo local y más aversos al cambio).

Uno de los retos de futuro (y de presente) de la UE será demostrarle a esos ciudadanos con una identidad arraigada en lo local que la identidad nacional y la europea son compatibles y se complementan y que la Unión sirve a sus intereses y no sólo a los anywhere. La Unión no puede seguir el camino tradicional de un Estado ya que no puede poner en marcha grandes proyectos de construcción nacional más allá de programas como Erasmus o el Servicio Voluntario Europeo. Además, las iniciativas paneuropeas enfocadas a involucrar a los ciudadanos europeos en el futuro de la Unión como las convenciones o consultas ciudadanas no han logrado mucha atención.

No todo es negativo. Los jóvenes (y mujeres) votan consistentemente menos a partidos eurófobos y rechazan en mayor medida valores autoritarios y ultranacionalistas. Tradicionalmente los jóvenes han apoyado más al proyecto europeo que los mayores, aunque la brecha generacional se ha reducido recientemente en algunos países como España. Son aquellos que tienden a ver la identidad europea en clave de pertenencia cívica y miran con desagrado la América de Trump, la Rusia de Putin, la China de Xi o la Turquía de Erdogan. Probablemente la tendencia a largo plazo sea esta.

Sin embargo, los jóvenes votan mucho menos que los mayores. En un continente que envejece rápidamente y a medida que desaparece la generación con recuerdos de la Segunda Guerra Mundial el impacto es notable. Además, los menos aventajados también son los que menos sentimiento de pertenencia hacia la Unión sienten. Según el último Eurobarómetro, el sentimiento favorable hacia la UE no supera el 50% entre aquellos que dejaron de estudiar antes de los 16 años, desempleados o los que tienen problemas para pagar las facturas. En la misma línea, en un sondeo para Chatham House sólo el 34% de los ciudadanos encuestados en 10 Estados miembro afirmaba sentir que se ha beneficiado de la UE, en comparación con el 71% de la élite.

Es aquí dónde hay que incidir. Es necesario acercar la identidad europea a estos ciudadanos asegurando que complementa a la nacional y es positiva desde un plano utilitarista. En este sentido es importante que seamos capaces de compensar a los perdedores de la apertura ya sea comercial o migratoria. La suma sigue siendo positiva pero no hay que desdeñar las demandas de aquellos que se ven perjudicados. También resaltar el valor añadido que aporta la Unión en un momento de desorden internacional y temor al impacto del progreso tecnológico. Por último no caer en una excesiva complejidad del proceso de integración para facilitar la rendición de cuentas. No es una tarea sencilla pero es clave que comencemos a repensar estas cuestiones. Tal vez sea hora de releer a Stefan Zweig en El mundo de ayer lamentarse de cómo el cosmopolitismo del Imperio Austrohúngaro se desvaneció como un castillo de naipes frente al canto de sirena del nacionalismo.  ­

Álvaro Imbernón. Profesor asociado en la Universidad Nebrija e investigador en Quantio.

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