en Políticas de la UE

– Irache Ros Hueda – 

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se ha encargado durante más de medio siglo de velar por la seguridad colectiva y de asegurar la paz en todo el mundo (de acuerdo con el Artículo I de la Carta Constitutiva) y sus logros son innegables. Sin embargo, algunos conflictos armados acontecidos en las últimas décadas y, más recientemente, las diversas crisis internacionales – como la guerra de Siria y Yemen, la crisis de los refugiados, etc. – han puesto de manifiesto la mala praxis de esta organización y, sobre todo, han cuestionado su papel como peacekeeper.

Esto se debe, fundamentalmente, al privilegio abusivo que poseen ciertos Estados. Más concretamente, el poder de veto de los cinco Estados Miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (la cúspide de la organización): Estados Unidos, La Federación de Rusia, Francia, Gran Bretaña y China.

Estos cinco países son los principales encargados de garantizar la paz y dirimir los conflictos y, sin embargo, son a su vez los mayores vendedores de armas. Por tanto, el veto se ha convertido en un poderoso instrumento que les permite anteponer sus intereses nacionales a la defensa del bien común. Más aún, la frecuente utilización del veto – especialmente por Rusia y Estados Unidos – supone un obstáculo para la ONU en su papel de protector de los derechos humanos y en su actuación como pacificador.

El abuso de dicho poder se observa en muchos lugares del mundo, y especialmente en la guerra de Siria. Desde su comienzo en 2011, Rusia ha aprovechado 12 veces su poder de veto para defender al presidente sirio Basar al-Ásad. Por ello, la ONU no ha podido denunciar las atrocidades cometidas por el régimen sirio sobre la población civil ni los crímenes de guerra.

Más aún, Siria es el escenario de un grave conflicto de intereses entre Rusia y Estados Unidos, ambos miembros del Consejo, que imposibilita poner fin a la devastadora guerra. Esta situación crítica es una demostración del impedimento que supone el veto para alcanzar un consenso en la ONU que es decisivo para frenar un mal.

El conflicto de Siria es uno de los más sangrantes en cuanto a la falta de iniciativa internacional debido al veto continuado y parcial de Rusia, pero también hay otros ejemplos sobre la mesa, como los vetos de EEUU en cuestiones relacionadas con el conflicto entre Israel y Palestina.

Tal y como sentenció Zeid Ra’ad Al Hussein, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos desde 2014 hasta este año, “mientras el veto sea usado para bloquear toda unidad de acción cuando más se necesita, cuando podría reducir el sufrimiento extremo de gente inocente, es cuando los miembros permanentes deben responder ante las víctimas”.

Está claro que la Carta Constitutiva trae consigo un gran fallo de origen que debería ser solventado. Dotar de amplios poderes a un grupo reducido de naciones hace que esa paz protegida esté siempre condicionada por los intereses egoístas y, en muchas ocasiones, criminales de las naciones, para conseguir una mayor dominación del mundo, minusvalorando los Derechos Humanos y la libertad de las personas.

Irache Ros Hueda. Alumna del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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