en Políticas de la UE

– Carlos Quesada – 

Dice el refranero y se maravilla: “el mundo es un pañuelo” y vaya si lo es. La globalización, en su vertiente de telecomunicaciones y transporte especialmente, ha empequeñecido el mundo, haciendo paradójicamente los factores geográficos menos importantes y al mismo tiempo absolutamente determinantes. Ni todo el Internet del mundo hará que la montaña vaya a Mahoma, y aunque las personas, la tecnología y el capital puedan moverse como nunca antes por el globo, los recursos naturales y minerales — el oro, el gas o el petróleo — están enterrados bajo la misma tierra que hace siglos. Este es el caso de Asia Central.

En el siglo XIX se acuñó el término de Gran Juego para describir el conflicto entre los Imperios Ruso y Británico por el control de Afganistán, los unos celosos de proteger el Raj, los otros en su eterna búsqueda de un puerto de aguas cálidas, búsqueda que reverbera en el presente con la anexión de Crimea. El nuevo Juego se disputa, no ya Afganistán, cementerio de los imperios, sino toda Asia Central. Puede que las hermosas banderas kazaja o kirguisa, desprovistas de hoz y martillo, que hoy ondean en los edificios del gobierno evoquen tradiciones ancestrales y orgullos tribales, pero la realidad es bien distinta. Tras la disolución de la Unión Soviética, Asia Central es tierra de nadie, partida por fronteras arbitrarias que separan grupos étnicos y lingüísticos, pero que son porosas al contrabando y el crimen internacional. Sin el tutelaje impuesto por Moscú, los “stanes” son veda abierta.

A la Rusia durmiente del 92, enzarzada en conflictos internos, Occidente le prometió respetar su tradicional esfera de influencia: las antiguas repúblicas soviéticas. Pero los países bálticos no mucho después se incorporaron a la OTAN y la Unión Europea. Incluso Ucrania tonteó con la misma idea, pero entonces ya era tarde. La Rusia de Putin se había alzado en armas y no volverá a ceder terreno.

El legado soviético todavía se deja notar en los países de Asia Central, los lazos culturales y personales persisten; y lo que es más importante, los oleoductos y gasoductos que explotan los enormes yacimientos de la región miran al norte, conectan con la red rusa para abastecer en última instancia a los países europeos. Europa no ignora el problema y ha buscado aprovechar el vacío de poder para su propio beneficio, construyendo tuberías — como el proyecto Nabucco — que no atraviesen territorio ruso para transportar el petróleo y el gas sin tener que depender de la vieja infraestructura rusa y de la voluntad de su dueño.

Sin embargo, el rival a batir no es otro que China. El gigante asiático está hambriento de energía y no es ambiguo en sus intenciones. La ubicua Ruta de la Seda se compone de dos partes: la ruta marina (“el camino”) y el “cinturón” terrestre. Este cinturón atraviesa Biskek, Samarcanda y Dusambé. Ciudades que para el lego no pueden tener significado alguno, pero conforman las principales capitales económicas de Asia Central. Rusia es consciente de ello y la firma de un contrato por valor de 11.000 millones de dólares para la construcción de varias plantas nucleares en Uzbekistán, durante la visita de Putin el pasado octubre al país, revela que tampoco es indiferente a la presencia china en lo que se considera su esfera natural de influencia.

China tampoco se ha quedado cruzada de brazos y bajo el emblema de la Ruta de la Seda ya ha tendido puentes en forma de tres vías férreas que conectan la región con el sistema de trenes chino. Un primer paso que marca un camino que, según cómo lo postulado en el libro blanco de la Ruta, va más allá de gasoductos o centrales nucleares. El mundo ha cambiado desde los tiempos de los zares, y si bien la estrategia de “sticks and carrots”, de “divide y vencerás” funcionaba entonces, esta vez el rival asiático parece estar jugando a un juego distinto.

Carlos Quesada. Alumno del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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