en Política Exterior y de Seguridad, Unión Europea

-Alexandra Dumitrascu-

A lo largo de siete décadas, Europa se ha sentido cómoda bajo el paraguas protector de los Estados Unidos como garante último de la seguridad continental. Estados Unidos, por su parte, también se instaló en una zona de confort cuyo abandono, ahora, le incomoda y le provoca irritación.

Así lo demuestra la aparente reprimenda de Michael J. Murphy, Vicesecretario Adjunto de Estado para Asuntos Europeos, el pasado mes de mayo, a los miembros del comité de embajadores europeos de política y seguridad, de visita en Washington, que manifestaron su sorpresa ante “el tono y la dureza” de un encuentro que calificaron de tenso.

Por lo que ha trascendido, en dicha reunión se puso de manifiesto el descontento de Washington con la Estrategia Global sobre Política Exterior y de Seguridad de la UE  de 2016 , cuyo objetivo último consiste en dotar de “autonomía estratégica” a la Unión. El desencuentro entre la Unión Europea y EE.UU. gira en torno al Fondo Europeo de Defensa (para investigación, desarrollo y adquisición conjuntos de tecnologías y equipos de defensa innovadores) y a la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO- para el desarrollo de proyectos de defensa común), y más exactamente, a las restricciones que se quieren imponer a la participación de terceros países lo que, en palabras de Murphy, podría socavar la seguridad transatlántica al duplicar los esfuerzos de la OTAN y contribuiría, en última instancia”, a “hacernos a todos menos seguros, incluidos los estadounidenses”.

También se ha pronunciado al respecto el Secretario General de la Alianza Transatlántica, Jens Stoltenberg, quien ha asegurado que ve positivamente la integración militar en la UE, lo que beneficiaría a la OTAN, aunque se muestra escéptico que Europa pueda lograrlo, y considera “importante evitar cualquier percepción de que Europa pueda valerse sin la OTAN.”

Por primera vez en más de seis décadas, la UE vuelve a poner sobre la mesa un plan de Defensa para la Unión tras el fracaso del Tratado para el Establecimiento de una Comunidad de Defensa Europea (CED) -ideado por el político francés René Pleven- ante la paradójica negativa de su propia Asamblea a ratificarlo en 1954. A diferencia del respaldo por parte de EE.UU. al conocido como Plan Pleven, en los años 50, la nueva estrategia de defensa provoca un manifiesto recelo estadounidense.

La actitud de EE.UU. no es ni desproporcionada ni exagerada. En la actualidad, la UE en su conjunto es el actor con el segundo mayor gasto en defensa, es la segunda economía del mundo y ocupa el tercer puesto en población a nivel mundial. La UE ha demostrado que cuando ha conseguido superar las divergencias internas y hablar con una sola voz al exterior, su influencia ha sido considerable.

En la resolución del 12 de diciembre de 2018 sobre el Informe anual sobre la aplicación de la política exterior y de seguridad común, el Parlamente Europeo estimaba que “la Unión debe asumir su papel de potencia política y económica soberana de pleno derecho en el marco de las relaciones internacionales” y destacaba la necesidad de “una política exterior y de seguridad europea verdaderamente común, basada en la autonomía estratégica y su integración, también en términos de capacidades, en los ámbitos de la industria y las operaciones.” Cada vez hay más voces que ven necesario un desacoplamiento de EE.UU., de “tomar el destino en nuestras propias manos”, en palabras de la canciller alemana.

Además, una política de defensa y de seguridad común tiene un apoyo muy alto entre los ciudadanos. Así lo refleja el último Eurobarómetro que indica que el 74% de los ciudadanos encuestados se manifiesta a favor. Incluso los menos favorables, los suecos y los británicos, con un 58% y un 56%, respectivamente, los índices más bajos registrados. Llama la atención que, en términos generales, el apoyo a la defensa europea es incluso superior al de la política exterior común.

A pesar de las divergencias, la UE necesita de una política de defensa y de seguridad en consonancia con las amenazas presentes y con un escenario geopolítico cada vez más imprevisible e incierto. Puede que la UE no necesite una OTAN europea, tal como considera Josep Borell, candidato a ocupar el puesto de Alto Representante. Sin embargo, cabría quizá demarcar una línea diferencial entre necesidad y conveniencia. Es posible que a corto plazo no haga falta una alianza militar supranacional, sin embargo, sería conveniente que Europa consiga de forma paulatina esa independencia estratégica a largo plazo.

Trump ha levantado sospechas entre sus socios europeos en múltiples ocasiones al apoyar a líderes populistas e iliberales europeos como Orbán; alentar un Brexit duro; retirándose del acuerdo con Irán, etc. Su liderazgo caprichoso provoca incertidumbre, y sus polémicas declaraciones han despertado la duda de si este sigue comprometido con la política estadounidense de disuasión extendida (Extended Deterrence), o lo que es lo mismo, si sigue dispuesto a hacer lo necesario, incluso a movilizar su arsenal nuclear, en orden a proteger a sus aliados de las agresiones externas.

Las iniciativas llevadas a cabo por Europa apuntan a que la Unión ya no está dispuesta a delegar el ámbito de la seguridad y la defensa, y que está tomado la senda de la prevención. Sin embargo, no hay que pecar de ingenuos, ni dejarnos guiar por las emociones. Pese a todo lo anterior, la UE no debe abandonar sus lazos con EE.UU. Al mismo tiempo, hay que seguir apostando por el compromiso de la defensa colectiva transatlántica, tal como apunta la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.  Aunque, la UE debe defender de manera firme y desacomplejada sus intereses.

Es posible que los entusiastas europeos pequemos de utópicos cuando imaginamos la UE que nos gustaría. No obstante, comprendemos lo difícil que resulta encajar 28 voluntades en un objetivo común. La UE está condenada a lidiar constantemente con las diferencias estratégicas, económicas, políticas y culturales de sus Estados Miembros; sin olvidarnos de sus opiniones públicas internas.

La Europa que anhelo es una confiada en sí misma, decidida y, en lo posible, unida. Los primeros dos criterios difícilmente se podrían cumplir sin el tercero. El pasado nos demuestra que no es un tópico afirmar que a Europa le favorece estar unida. Por tanto, sería adecuado construir desde la base de los intereses comunes, y tratar, en lo posible, de hacer coincidir los intereses individuales.

Aunque, entre tanto, cabría empezar a contemplar la conveniencia de que se impulsen coaliciones de voluntades entre aquellos Estados que desean una colaboración más estrecha en ámbitos específicos, en línea con uno de los escenarios planteados por Jean Claude Juncker en el Libro Blanco sobre el Futuro de Europa. Y en esta dirección parecen apuntar ya los líderes europeos, por lo menos en materia de seguridad y defensa.

Alexandra Dumitrascu. Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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