en Justicia e Interior

-Eduard Soler i Lecha-

Me comentó una vez un antiguo ministro de asuntos exteriores cuán frustrado estaba por la poca atención que los líderes europeos le habían prestado al estallido de protestas en el mundo árabe en 2011. Al más alto nivel no tenían tiempo para el Sur – me decía – ya que sólo se miraban a sí mismos. Eran momentos graves para la UE, con Grecia en el epicentro de una crisis que cuestionaba la sostenibilidad del proyecto de construcción europea. Sólo cuando los efectos de la inestabilidad empezaron a poner en jaque a sus propios gobiernos – esto es, en 2015, con la mal-llamada crisis de los refugiados y los atentados en París – empezaron a reaccionar. Lo hicieron tarde y mal. Esta anécdota sintetiza lo que ha sido la respuesta de la UE a uno de los procesos de cambio – frustrado en buena medida – que se ha vivido a escasos kilómetros de las costas europeas. Lo grave es que casi diez años después, Europa sigue absorbida y distraída por unas crisis internas que no consigue resolver, empezando por el Brexit y siguiendo con el temor a si estamos preparados para afrontar una nueva recesión.

Quisiera compartir otras dos conversaciones que servirán para completar el diagnóstico. Hace poco me encontré haciendo investigación sobre el papel de la comunidad internacional en Libia y empecé la entrevista con mi interlocutor preguntándole sobre cómo evaluaba el papel de la Unión Europea en este conflicto. Él me respondió muy rápidamente: ¿De qué Europa hablamos? ¿De Francia o de Italia? Porque no es que sean distintas, es que son antagónicas – me respondió –. La otra conversación la tuve con un embajador de la UE en un país de la región. Hablábamos de derechos humanos y su frustración no podría ser mayor: sabes – me decía – en las reuniones con todos los embajadores de los estados miembros me dicen que apriete y yo lo hago. Pero lo que pasa es que después van cada uno de ellos a hablar con las autoridades diciéndole que soy un exagerado. Quieren jugar a lo del “poli bueno, poli malo” sin que ni siquiera nos hayamos puesto de acuerdo en la estrategia y los objetivos que queremos conseguir.

Estas anécdotas nos dan unas primeras pistas sobre qué hacer para que la UE tenga una política más ambiciosa hacia Oriente Medio y el Norte de África: (1) entender que un vecindario en llamas hace todavía más difícil resolver los problemas internos que, eso es evidente, continuaran siendo la principal prioridad; (2) trabajar todavía más los procesos internos para que cuando los estados miembros desplieguen su política exterior no lo hagan en detrimento de la acción exterior de la Unión Europea. Como se ve, hay una parte muy importante de lo que debe corregirse que tiene poco que ver con lo que sucede en Oriente Medio y el Norte de África sino en cómo afrontamos nuestros desafíos internos.

Además, hay que estar atentos e identificar previamente los factores que podrían conducir hacia una mayor inestabilidad en la región. En el marco de MENARA, un proyecto de investigación que tuve el privilegio de coordinar, concluimos que la suma de desigualdades, agravios políticos, degradación medioambiental y corrupción nos permite anticipar qué espacios son más vulnerables a nuevas olas de protestas y represión. Y es precisamente para evitar males mayores que la UE tendría que revisar las prioridades en la región y poner valor en aquello en lo que es distinta y atractiva. Otra de las conclusiones de este proyecto es que en la región el autoritarismo no se percibe como una solución sino como un riesgo. La ausencia de cambio, o de la perspectiva de que algún tipo de cambio es posible, es lo que puede desencadenar protestas, represión y conflicto.

A la luz de estos resultados parece necesario revisar algunas prioridades que permitan a la UE diferenciarse y abrir perspectivas de cambio. Mientras que otros actores hablan de reconstrucción, la UE tendría que poner el foco en la reconciliación. La UE también debería ser aquel actor que, a diferencia de otros, no se olvida de denunciar las violaciones de los derechos humanos. Cuando otros buscan sólo el crecimiento económico, la UE debería recordar que según el World Inequality Report ésta es la región con mayores desigualdades del mundo y que si no se corrige se estarán plantando las semillas de una mayor frustración e inestabilidad. Mientras que otros niegan el cambio climático, la UE debería trabajar con los actores gubernamentales y sociales de esta región que ya se han dado cuenta que son uno de los espacios más vulnerables al calentamiento global. Allí donde otros solo ven riesgos, la UE también debe esforzarse en identificar oportunidades, iniciativas que con el apoyo adecuando adquieren capacidad transformadora. Y mientras otras potencias se dedican a avivar las rivalidades entre potencias regionales para reforzar así los lazos con sus propios aliados, la UE debería continuar recordando que el multilateralismo, la cooperación y la integración regional son la mejor garantía de estabilidad y progreso.

Se dirá que estos son unos objetivos inalcanzables y que hacerlo implica nadar contra corriente. Pero yo me pregunto: ¿cuál es la alternativa? ¿Ver cómo otros incendian un vecindario que no es el suyo? ¿Girarse de espalda, taparse los oídos, esperando que los problemas se resuelvan por si solos? Cuando se habla de esta región es muy fácil caer en el fatalismo y de ahí que las recetas políticas a menudo se limiten a la contención de daños. Creo que es un lujo que no nos podemos permitir por mucho más tiempo. No será un proceso rápido ni líneal, pero creo que una Europa que recupere un poco de confianza en sí misma puede hacer más de lo que ha hecho hasta ahora, y hacerlo mejor. Empezando por afinar el diagnóstico, por ser consciente de hasta qué punto lo que sucede en Oriente Medio y el Norte de África nos afecta, intentando no repetir errores del pasado e identificando ámbitos donde las alternativas son posibles.

Eduard Soler i Lecha es investigador sénior del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB).

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