en Ciudadanía, Justicia e Interior, Mercado Interior, Políticas de la UE

-Aleksandra Anna Sojka-

En un mundo en el que se van erigiendo nuevos muros y se apela cada vez más a identidades excluyentes, me gustaría ver una Europa rebelde, que vaya a contracorriente y se afiance como un espacio abierto, donde las fronteras sigan desapareciendo. Esa unión en la diversidad que soñaron sus fundadores. Esto no será posible sin la existencia de un elemento común que sirva de base de confianza mutua, solidaridad y reciprocidad. Ese fundamento puede encontrarse en la naciente identidad europea como una nueva manera de pensar la pertenencia en un mundo fragmentado e hiper-globalizado.

Aunque la designación del “otro” subyace todo proceso de construcción de identidades, los estados miembros de la Unión Europea han conseguido lo improbable: crear una incipiente identidad transnacional sin necesidad de designar al enemigo. Una identidad que tampoco se fundamenta en la ambición de homogenizar y sustituir las identidades nacionales, sino complementarlas con otra capa, ni inferior ni superior, para formar lo que Thomas Risse llama un “bizcocho mármol” de identidades. Eso es, una identidad mixta donde la identificación con diferentes espacios y niveles se vuelve relevante dependiendo del contexto en el que operamos.

En este sentido, Europa ya se ha convertido en un punto de referencia significativo para la población. Según los datos del Eurobarómetro de junio 2019, más de dos tercios de los ciudadanos de estados miembros de la UE admite identificarse como europeos. Esto ha sido posible en gran parte gracias a la creación de un nivel supranacional de derechos ciudadanos, esa ciudadanía de la UE que nos permite viajar, trabajar, vivir o establecer negocios en cualquier rincón de los estados miembros. Aunque pueda parecer que estos derechos existen principalmente para hacer más eficiente la integración económica, la ciudadanía europea igualmente sirve como una herramienta para la creación de una identidad compartida. Por mucho que los filósofos y los historiadores busquen, no existe una cultura europea que compartamos todos. Tampoco parece que podamos llegar a comunicarnos en una única lengua dentro de una esfera pública europea en el futuro cercano, como ocurría con los estados nación emergentes en el pasado. Europa puede existir solo por y para sus ciudadanos, unidos por sus derechos y valores compartidos, éstos salvaguardados en la existencia de la ciudadanía supranacional. Parece que esta idea va calando en la población. Según los mismos datos de Eurobarómetro, ya casi tres cuartos de los europeos se reconocen a sí mismos como ciudadanos de la UE.

La ciudadanía de la Unión se constituye como un innovador concepto de pertenencia, que sobrepasa las fronteras nacionales e implica derechos más allá de las comunidades nacionales. De esta manera Europa se establece como una comunidad imaginada en la que caben muchas culturas, muchas lenguas, muchas maneras de ver el mundo. La diversidad europea a veces se pone de ejemplo como un obstáculo que resulta imposible superar para avanzar en la unificación. Pero creo que la resiliencia de la integración europea hasta ahora ha mostrado que en vez de separarnos la diversidad puede servir para apreciar la riqueza que implican nuestras diferencias. Esa actitud que subyace una sociedad tolerante y solidaria no admite visiones excluyentes de pertenencia. Si hoy en día hay una “manera de vivir europea,” ésta sólo puede fundamentarse en los valores democráticos compartidos, ideas de libertad, igualdad y tolerancia de la diferencia, tanto dentro como hacia fuera de sus fronteras.

Aunque hemos avanzado mucho en las últimas décadas, aún queda mucho trabajo por delante. Y es que una Europa ciudadana solo puede sustentarse en unas instituciones en las que los ciudadanos confían y unos líderes por los que se sienten representados. Y actualmente Europa sufre una aguda crisis de confianza política, tanto a nivel supranacional como nacional. Ello hace necesarias reformas democráticas para recuperar la confianza y acercar las instituciones a los ciudadanos. La crisis de confianza actual es el resultado de una larga década de crisis, durante la cual el mundo se ha vuelto más inestable y peligroso. En este periodo, nuestros líderes políticos pocas veces han estado a la altura de las circunstancias.

En mi opinión, es fundamental para ello que haya una educación ciudadana cívica europea para que todos podamos participar de la política en base a información y en igualdad de condiciones. Una educación ciudadana podría constituir una vacuna a los “fake news,” a los populismos, al euroescepticismo que utiliza los miedos y preocupaciones de los ciudadanos para movilizarles en base a la negatividad sin ofrecer soluciones alternativas viables. También hacen falta más cambios institucionales para ir complementando la ciudadanía de la UE con oportunidades de participación política a nivel europeo, con unos partidos transnacionales que vayan más allá del mito de “interés nacional” que disfraza un interés partidista e individual de muchos líderes. Y por supuesto, con unas elecciones europeas en las que se hable de la visión para Europa y que no sólo sirvan de una arena secundaria de competición electoral nacional.

Creo que una Europa ciudadana debe ser necesariamente social. Una Unión basada en la solidaridad transnacional puede ser la respuesta en tiempos donde el ámbito nacional ya no es capaz de generar soluciones a problemas que sobrepasan fronteras nacionales. Una Europa de investigación y desarrollo, donde se invierta en las tecnologías que sirvan a la población y su bienestar y no sólo a los intereses comerciales de unos pocos. En tiempos de amenaza global que supone el cambio climático, tenemos la oportunidad de ser el ejemplo de transición energética. En un mundo globalizado, cambiante que muchas veces resulta amenazante, Europa puede constituir el espacio de seguridad y estabilidad, no por quien excluye sino por seguir siendo abierta e inclusiva. Hoy en día, ya se ha materializado ese sueño que a priori parecía imposible, de una unión a pesar de la diversidad. Debemos seguir trabajando para ir mejorando esa incipiente construcción y aprovechar los cimientos para construir una Europa ciudadana de verdad.

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