en Ciudadanía

– Pelayo Blanco Pérez – 

El proyecto comunitario europeo, probablemente el experimento político con mayor éxito en la Historia de la humanidad, se halla bajo amenaza. Los peligros que lo acechan son muy reales, sin embargo, no provienen de enemigos externos como la lógica podría inducirnos a pensar. No tenemos que mirar hacia fuera de nuestras fronteras para detectar el foco del problema. Si actualmente la Unión Europea se encuentra en un momento de crisis existencial es por culpa de una serie de movimientos políticos surgidos en el seno del Viejo Continente. Y, si precisamente tienen algo en común este tipo de  corrientes, es el corte populista que los define. Nos encontramos, por tanto, ante una batalla crucial por el alma de Europa. Los dirigentes europeos tienen la responsabilidad histórica de actuar para lograr un desenlace que permita a la Unión avanzar hacia un camino alejado de la sombra populista.

Según los profesores Fernando Vallespín y Máriam Bascuñán, el populismo no debe ser considerado como una ideología, sino como una lógica de acción política, ya que carece del fondo reflexivo en forma de textos de autores clásicos que posee toda ideología, además de la coherencia teórica basada en alguna filosofía política, necesaria también para conformar una doctrina ideológica[1]. La prueba más palpable de esto es que se pueden observar tanto populismos de izquierdas como de derechas. Además, surgen como réplica a los procesos de brusco cambio social, ya sean a nivel migratorio, económico o de globalización; su objetivo es invertir dicha situación y la vuelta al estado original de la comunidad, un estado que todo populista reconoce como ideal.

En este sentido, la situación europea actual parece reflejar con nitidez que nos hallamos en un momento populista. Según advierten el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, Salvador Forner, y la profesora Heidy-Cristina Senante, adscrita a la Cátedra Jean Monnet, el número de representantes de los partidos calificados como euroescépticos de corte populista ha aumentado desde las elecciones al Parlamento Europeo del año 2009 de manera exponencial[2]. Esto tiene su explicación en la desafección producida en importantes capas de la población hacia el proceso de integración europeo, como consecuencia de la devastadora crisis económica que asoló Europa (y el mundo entero) desde el año 2008.

Otro aspecto clave en la subida de los partidos que cuestionan el sentido de la existencia de la Unión ha sido la inmigración, o más bien la pésima gestión que las autoridades de la UE han hecho de la misma. La llegada masiva de refugiados a Europa procedentes, sobre todo, de la guerra de Siria, los numerosos atentados perpetrados en los últimos años por el terrorismo islámico o la falta de colaboración a la hora del reparto de inmigrantes entre los países europeos han provocado un crecimiento significativo de los partidos de extrema derecha en países de la importancia de Alemania, (AfD), Francia (Frente Nacional) o Italia (Liga)[3].

Especialmente problemáticos resultan dos países en el interior de la Unión. Se trata de la Hungría de Viktor Orban, y la Polonia de Mateusz Morawiecki. En ambos casos nos encontramos con gobiernos que aplican políticas propias de la derecha xenófoba, iliberal y antieuropea y, tanto el uno como el otro, tienen éxito debido a la “inestabilidad económica y a las amenazas reales o imaginarias por parte de personas de otra cultura o religión”[4].

Pues bien, aun cuando estos dos ejemplos son los más preocupantes, ya que ambos ostentan los gobiernos de sus respectivos países, los últimos acontecimientos parecen alumbrar motivos para la esperanza. Finalmente, y aunque se produjo con más retraso del que a muchos nos hubiera gustado, Bruselas decidió accionar a finales de 2017 el mecanismo para castigar a Polonia por violar el Estado de Derecho, mediante la activación del artículo 7 del Tratado Europeo, después de que el Gobierno de Varsovia culminara una controvertida reforma judicial que dinamitaba la separación de poderes[5]. Esta decisión, que ahora depende de los países miembros, podría acabar con la máxima penalización prevista para un Estado europeo: perder sus derechos de voto. No obstante esto es difícil que ocurra en la práctica, ya que se necesita unanimidad en la votación, y el gobierno polaco cuenta con aliados, especialmente en la figura de su socio Orban, pero no deja de ser un toque de atención importante y un mensaje político claro: las últimas medidas tomadas por el Ejecutivo polaco colocan a su país fuera de los parámetros de la UE.

Pero no sólo ese conato de reacción por parte de las instituciones europeas nos permite ver el vaso medio lleno. Hay razones para el optimismo. Las últimas elecciones al Parlamento Europeo en mayo de este año han demostrado que, si bien los populistas han mejorado sus resultados, su crecimiento no ha tenido la contundencia necesaria para hacer cambiar el rumbo de la UE, y por tanto las fuerzas europeístas representadas en las familias conservadora, socialista y liberal han conseguido mantener la mayoría necesaria para seguir rigiendo el rumbo de la Unión. La cuestión ahora es qué hacer con esa mayoría.  Tenemos dos opciones, la continuista, basada en seguir actuando de la misma manera que en los últimos diez años, tratando de contener a las fuerzas populistas pero sin ofrecer una perspectiva de la UE ilusionante a los ciudadanos o la reformista, que ofrezca soluciones a los europeos mediante el avance hacia una Europa federal que permita volver a enganchar al proyecto comunitario a todas esas personas que han perdido su fe en él.

Así, cobran especial relevancia las palabras del presidente francés Emmanuel Macron: “estamos librando un combate político entre quienes quieren una Europa que ya no propone nada, los que quieren una Europa del repliegue, los que quieren una Europa de la rutina; y por el otro lado quienes están dispuestos a impulsar una Europa de la ambición, de una soberanía reinventada, una democracia viva en la que creemos”[6].

Los ciudadanos europeos han vuelto a dar otra oportunidad a aquellos que creen en la Unión Europea, y quizá esta sea la última. Tras el Brexit, Europa se ha quedado sin excusas. Ya no hay impedimentos para ejecutar los cambios necesarios. Es la hora de actuar.

 

Lista de referencias

[1] Vallespín F. y Bascuñán M. “¿Qué es el populismo? Populismos”. Madrid: Alianza Editorial. 2017, pp. 41-87.

[2] Forner S. y Senante H. “La crisis de Europa y el ascenso del populismo”. FAES, Julio/Septiembre 2014.  https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/48740/1/2014_Forner_Senante_CuadPensamPolitico.pdf

[3] Kaya A. “Populismo e inmigración en la Unión Europea”. Anuario CIDOB De La Inmigración, [en línea], 2017, pp. 52-79.

[4] Varnagy T. “Derechas locales, ¿tendencias globales? Hungría, Polonia y más allá. El fantasma del populismo”, Nueva Sociedad, 2017. 36 (2), 72-88.

[5] Ríos B. “Bruselas activa el proceso legal para retirar a Polonia el derecho a voto en la UE”, El Mundo, 20/12/2017. https://www.elmundo.es/internacional/2017/12/20/5a3a5af1ca4741d60a8b4633.html

[6] Bassets M. “Macron defiende la autoridad de la democracia ante las democracias autoritarias”, El País, 17/04/2018.  https://elpais.com/internacional/2018/04/17/actualidad/1523956227_524921.html

 

Pelayo Blanco PérezAlumno del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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