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– Gisela Hernández González – 

Certezas. Vivimos en un mundo en el que las certezas se desvanecen. Mientras durante décadas hemos dado por sentado nuestro modo de vida, plagado de prosperidad, oportunidades y seguridad, los últimos veinte años nos han demostrado que la estabilidad no es perenne. La actual es solo la última de una serie de crisis en las que Europa se ha visto inmersa en muy poco tiempo, y que han demostrado la fragilidad del momento en el que vivimos.

La crisis del COVID-19 supone un reto sin precedentes para la Unión Europea. La respuesta del continente a la última gran catástrofe, la Segunda Guerra Mundial, fue embarcarse en un proyecto de integración político-económica sin precedentes. Cómo responda la Unión a este desastre será determinante para el futuro del propio proyecto, así como para todos los ciudadanos que vivimos
bajo este paraguas llamado Europa. Como joven europea, espero una Unión que salga reforzada de este desafío. Entre las voces populistas que reclaman mayor nacionalismo, algunos continuamos pidiendo más Europa. Los que seguimos intentando escuchar entre tanto ruido somos capaces de entender que la Unión ha respondido y está respondiendo. Que los recursos se movilizaron, esta vez a tiempo, para salvar no solo empleos y empresas, sino vidas. Que la solidaridad fue más que una idea en el Tratado, y se materializó en respiradores y médicos que fueron allí donde se les necesitaba. Y que una Europa de la salud está más presente que nunca en la agenda de Bruselas.

Entre las voces populistas que reclaman mayor nacionalismo, algunos continuamos pidiendo más Europa

No obstante, esta no es la única crisis que la UE debe abordar con urgencia para reforzar su legitimidad y credibilidad ante sus ciudadanos y el resto del mundo. Existen otros muchos retos
que esperan respuestas. Llevamos un lustro tratando de lidiar con el drama del Mediterráneo. El problema migratorio no solo incumbe a los países del Sur: abordarlo requiere de una colaboración estrecha y continuada entre todos los Estados miembros. Un enfoque de la gestión de las fronteras exteriores que priorice los derechos humanos y la dignidad de los migrantes frente a los discursos populistas, que abogan por una Europa fuerte, solo puede lograrse a nivel comunitario. Las respuestas nacionales son insuficientes cuando la frontera es común. Del mismo modo, la Unión debe garantizar que nuestro continente siga siendo un refugio seguro para todos aquellos que huyen tratando de proteger sus vidas. El Nuevo Pacto sobre la Migración y el Asilo debe afrontar todas estas cuestiones.

Algunos Estados Miembros están experimentando en los últimos años una deriva iliberal y antidemocrática, contraria a los valores sobre los que se funda el proyecto comunitario, recogidos
en el artículo 2 del Tratado. La crisis de Estado de Derecho que Europa enfrenta no solo deja desprotegidos los derechos fundamentales de muchos ciudadanos europeos, sino que resta
credibilidad a la UE frente al resto del mundo como promotora de la democracia y como poder normativo. Reforzar y hacer uso de las herramientas de las que dispone la Unión actualmente, como
los procedimientos de infracción y el Art.7, así como introducir nuevos instrumentos, como ligar la recepción de los fondos al cumplimiento del Estado de Derecho, son algunos de los objetivos más urgentes de la Unión ahora mismo para combatir esta problemática.

La Unión debe garantizar que nuestro continente siga siendo un refugio seguro para todos aquellos que huyen tratando de proteger sus vidas

Asegurar que el desarrollo económico y productivo de la UE no ponga en peligro el futuro de los recursos y del planeta es una necesidad apremiante. En este sentido, la acción comunitaria es
ejemplar para el resto del mundo. Nos hemos comprometido a ser el primer continente neutral a nivel climático para 2050, marcándonos metas como reducir las un 55% nuestras emisiones para la próxima década. Europa tiene que seguir a la cabeza en lo que a regulación climática se refiere, asegurando que las próximas generaciones disfruten de una Unión basada en un modelo sostenible. Por supuesto, la UE no puede descuidar la dimensión exterior. Algunos seguimos creyendo en la necesidad de más Europa en el mundo. Una Europa comprometida con los derechos humanos y la democracia, que promueva el multilateralismo frente a las visiones de un mundo cada vez más polarizado. Una Europa capaz de promover la estabilidad no solo en su vecindad, sino en todas partes, sin recurrir al intervencionismo. Y una Europa que logre por fin una política común de seguridad y defensa basada en la autonomía estratégica.

Estas son algunas de las cuestiones en las que la Unión debe poner (y pondrá) sus esfuerzos en los próximos años. Quedan algunas sin mencionar: abordar la nueva crisis económica en la que ya
estamos inmersos, avanzar en la Unión económica y monetaria, construir la Europa digital, garantizar la igualdad de mujeres y hombres en todos los ámbitos y esferas, o lograr un acuerdo
para las futuras relaciones con Reino Unido. Sobre todas ellas también se puede hablar largo y tendido, y, sin duda, tienen que ocupar también un lugar prioritario en nuestra agenda. No obstante,
mi intención ha sido reflejar algunos de los aspectos que más me han preocupado y me preocupan en los últimos tiempos. Todos y cada uno de ellos pasan por una respuesta común: son imposibles de abordar solo a nivel nacional. “Europa no se construyó y hubo la guerra”. Hoy en día tal vez podríamos decir que si Europa no se sigue construyendo no seremos capaces de transformar nuestras vulnerabilidades en fortalezas. De garantizar esa paz que hace posible nuestros modos de vida. Y, en definitiva, de seguir ofreciendo certezas

Gisela Hernández González, alumni del Máster Universitario en Unión Europea del Real Instituto Universitario de Estudios Europeos y becaria en CSIC.

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