en Justicia e Interior

– Susana Sanz –

La situación

La UE se encuentra en los últimos tiempos entre la espada y la pared. Su tradicional imagen como tierra de acogida se ve empañada por los niveles de presión migratoria no controlada a la que se está viendo sometida desde el Sur del Mediterráneo.

¿Quién  podía  predecir que las tan bienvenidas y sorpresivas primaveras árabes acontecidas desde 2010 en distintos países del Magreb iban a venir seguidas de otros tantos preocupantes e igualmente inesperados inviernos árabes? ¿Quién podía predecir que las esperanzas truncadas de apertura, democratización y autodeterminación de los pueblos del Norte de África iban a desembocar en conflicto, inestabilidad y en un avance vertiginoso de movimientos terroristas como DAESH, ISIS, AQMI o de partidos políticos de corte islamista radical que ocuparían el vacío dejado por los antiguos dictadores? ¿Quién podía predecir que esa desestabilización  e inseguridad de la ribera Sur del Mediterráneo iba a provocar la huida en masa de la población, en un intento de poner a salvo su vida, y les forzaría a dejar atrás su pasado, sus posesiones, su familia y su modo de vida?

No hay razón más clara y noble para Europa de hacer honor a su fama de tierra donde se respetan los derechos humanos que otorgar protección a las personas que huyen de la muerte, de los combates o del riesgo de caer en las garras de grupos terroristas que pretenden la islamización de la sociedad a golpe de secuestros, torturas y de masacrar de los modos más crueles e inhumanos a todo aquel que se oponga a sus planes. En muchos casos, las personas que llegan a territorio europeo, por las circunstancias que rodean su huida, serán merecedoras de la protección del asilo, del refugio o, si no pueden demostrar una persecución personal, al menos de la protección subsidiaria. Pero el problema consiste en que las cifras de este éxodo son masivas, crecen a un ritmo exponencial y están convirtiéndose en un reto difícil para Europa, si no insostenible.  El otrora goteo de cayucos que iban llegando a las costas de España, Italia o Grecia, se ha convertido hoy en una afluencia sistemática diaria de miles de personas traídas por unas muy bien organizadas mafias que trafican con seres humanos. Ya no es un goteo. Es una fuente que no cesa. Y tampoco hay garantía de que entre los pasajeros de esas embarcaciones no se cuelen los mismos terroristas de los que los refugiados pretenden huir con su arriesgado viaje. Incidentes como el ahogamiento deliberado de los pasajeros cristianos de una embarcación, que fueron arrojados por la borda por sus compañeros de suerte musulmanes, o las fundadas sospechas de que uno de los autores de la masacre del Museo del Bardo de Túnez había llegado a Italia unos meses antes a bordo de una de esas barcazas, no hacen sino sembrar dudas sobre la inmigración que se está recibiendo y avalan la tesis de que, junto a personas necesitadas de protección, a las costas europeas  están llegando también auténticos asesinos, delincuentes y combatientes, cuando no terroristas fuertemente ideologizados.

La respuesta

La UE, tras un tiempo mirando hacia otro lado y dejando a los países implicados apañárselas solos como si de un asunto interno se tratara, ha empezado a tomar cartas en el asunto.

El Consejo Europeo extraordinario de abril aprobó la Estrategia Europea de Inmigración 2015, que debe suponer un antes y un después en la toma de decisiones por parte de la UE hacia un fenómeno que, por muy lejos que pueda parecer a países del Norte de Europa, también les atañe en un espacio sin fronteras interiores. Pero las épocas de crisis no suelen ser propicias para la solidaridad intracomunitaria y esto se dejó sentir tanto en dicha cumbre como en su follow-up. La política de cuotas que auspicia la Comisión para repartir entre los diferentes Estados europeos a las personas que llegan desde la frontera Sur sigue mostrando resistencias y reticencias. Quizá el hecho de que la actual Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad sea de nacionalidad italiana la haga especialmente sensible a la hora de intentar convencer a los socios europeos de que el problema es común, de que hay que dotar de nuevas funciones a la agencia FRONTEX y de que la estación de Roma-Tiburtina no puede acabar convirtiéndose en un improvisado pero peligroso e insalubre campo de refugiados que recuerda más a Darfur que a una capital europea.

La Comisión ha propuesto un plan un tanto polémico, con unas primeras cuotas de acogida obligatorias para los Estados (unos 40000 ya presentes en territorio de la UE) y otras voluntarias con las que se invitaría a otros 20000 refugiados a reasentarse en Europa. Este plan solo cuenta con el apoyo incondicional de los dos países más afectados, Italia y Grecia, pero los demás muestran diversas reservas, que en el caso de la República Checa y Hungría se convierten en una negativa total. España, por ejemplo, muestra su desacuerdo con el número de refugiados que le correspondería acoger, por no tener suficientemente en cuenta el nivel de paro del país, y rechaza el efecto llamada que produciría una política de reasentamiento con la que no se ataja el problema de raíz sino que se “redistribuyen” sus consecuencias.

Obviamente, a las personas  que ya están sobre territorio europeo hay que darles acogida y a cada cual tratarlo en función de sus circunstancias. Al patrón del barco que se enriquece con el tráfico de personas, al delincuente y al terrorista hay que detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos. Al que sufre persecución personal hay que garantizarle el estatuto de asilo o refugio. A quienes huyen de los combates hay que darles garantía, al menos temporal, de no devolución a un lugar en el que su vida o su integridad puedan verse de nuevo amenazadas. Pero dicho esto, efectivamente en el medio plazo hay que tomar medidas para mejorar la situación en los propios países de origen con el fin de evitar que su población sea capaz de dejar todo atrás para lanzarse a una travesía arriesgada y de futuro incierto. Y se han de tomar medidas que acaben con las mafias, cuyos métodos apenas empezamos a conocer, con candidatos a hacer la travesía que son encerrados, golpeados y malnutridos por unas mafias a las que sin embargo pagan por ese viaje, o con mujeres a las que buscan un boyfriend dentro de la propia organización para que queden embarazadas y así asegurar su permanencia en Europa y su sumisión en deuda de gratitud (¿o de esclavitud?).

Algunas de las medidas propuestas en la cumbre de Bruselas “solo” precisan de la colaboración intraeuropea para ser puestas en marcha, como el reparto de refugiados. Otras, necesitan de la puesta en común de fondos económicos (cuestión harto difícil en tiempos de crisis). Las últimas, necesitan de la autorización externa del Consejo de Seguridad, así, el lanzamiento de una operación que destruya en tierra las infraestructuras de las mafias. Esta propuesta de operación ha recibido una respuesta tibia por parte del Consejo de Seguridad, algunos de cuyos actuales miembros han mostrado su escándalo ante la idea de usar la fuerza militar contra embarcaciones civiles. No es idea de la UE hundir barcos con personas a bordo, pero sí es cierto que las mismas barcas que se usan para traficar con seres humanos otras veces son usadas por la población local para la pesca, actividad que garantiza no sólo el sustento diario de muchas familias sino también la sostenibilidad y el desarrollo futuro de esos países. La UE ha decidido lanzar la primera fase de esta operación naval de gestión de crisis porque únicamente implica intercambiar información y patrullar en alta mar para detectar redes de inmigración. Sin embargo, la fase dos, consistente en abordar, capturar o desviar barcos sospechosos y sobretodo la fase tres, que dejaría inoperativas esas embarcaciones, tendrá que esperar a una resolución del Consejo de Seguridad.

La puesta a prueba de la UE

Son malos tiempos para la lírica y también para la UE. El fenómeno de los refugiados está poniendo a prueba no sólo la capacidad de acogida de la UE sino también la esencia misma de sus políticas. Que ciertos Estados europeos estén cerrando sus fronteras, que realicen controles policiales exhaustivos, que dejen en suspenso el espacio Schengen, y que incluso empiecen a plantearse inaplicar el principio de no discriminación por razón de la nacionalidad entre los propios nacionales de los Estados miembros, nos está devolviendo a tiempos que creíamos pasados y felizmente finiquitados. La presión migratoria está llevando al cuestionamiento de los principios básicos del proyecto europeo, basado en la libre circulación, y con ello se puede llevar por delante uno de los logros por los que la UE es más admirada en el mundo. Pareciera como si la libre circulación sólo pudiera funcionar en tiempos de bonanza económica y de estabilidad geopolítica, cuando la presión  migratoria externa e interna es menor. El primer ministro italiano, Matteo Renzi, ha dicho que no cuenta con un plan B si Europa no muestra solidaridad, pero en los últimos días ha surgido el rumor de que otorgaría permisos de  estancia temporal a los refugiados, lo cual les permitiría salir de territorio italiano hacia el resto de Europa. Renzi ha recordado que en esta catástrofe humanitaria se está luchando por evitar la bancarrota política de Europa.

Lamentablemente, la información que llega desde el Norte de África no es esperanzadora. Los avances de ISIS, la incapacidad de la comunidad internacional para contener y acabar con los grupos terroristas que campan a sus anchas por el Magreb, no auguran un fin cercano al flujo de embarcaciones que se dirigen hacia Europa. Ante tal tesitura, opciones como la promoción de la ayuda al desarrollo, el fomento por parte de la UE del crecimiento de la sociedad civil in situ, la transferencia económica para reconstruir y democratizar las sociedades de los países afectados no tienen sentido por inviables en un contexto de violencia generalizada. Se trata de países que bien están en guerra o tomados por grupos terroristas, bien sufren una inestabilidad en la que se propagan ideologías extremistas.

La UE sólo puede responder con solidaridad y generosidad hacia los refugiados necesitados de protección, con contundencia contra la mafias y con presión internacional para que Naciones Unidas actúe lanzando una gran operación que consiga estabilizar el Norte de África y que dé a los países implicados lo que están pidiendo a gritos, esto es, paz y el fin del terrorismo.  Esperemos que puedan alcanzar la ansiada estabilidad, y a ser posible, más pronto que tarde por su propio bien. Y por el de la UE.

Susana Sanz. Catedrática “Jean Monnet” en Estudios Europeos y Catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

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Showing 2 comments
  • Jaime
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    Muy interesante y ajustado al drama humanitario que se vive hoy en dia

  • Marco Antonio Martinez
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    Con todo respeto. Creo necesario considerar que en EL DRAMA HUMANITARIO DEL MEDITERRÁNEO mucha responsabilidad lleva Europa al “callar y acompañar sumisa” la CAMPAÑA DE GUERRA Y OCUPACIÓN que “encabeza” Estados Unidos. Las guerras provocan población desplazada. Imagine: Afganistán, Libia, Irak, Siria, Bosnia, Niger(Comunidad Europea), Yemen(El silencio es asentimiento). No intento hacer apología al afirmar que EL GRUPO TERRORISTA ESTADO ISLÁMICO surgió solo después de un año luego de la aún no justificada causa e ilegal invasión a Irak. Es verdaderamente irritante el llamarles “INMIGRACIÓN ILEGAL” a las victimas de una Europa que ilegalmente ha participado unas veces como fuerza beligerante y otras voluntariosamente en la ilegal creación de guerras en los países de esos seres humanos que hoy en el extremo de la humillación deciden salvar sus vidas sin importarles tocar las puertas del causante de sus desgracia.

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