en Política Exterior y de Seguridad, Políticas de la UE

-Nicolás de Pedro-

No sabemos cómo será el mundo en los próximos diez o veinte años, pero parece más que probable que la Unión Europea seguirá siendo nuestra mejor apuesta para afrontarlo. Los retos que se plantean, hacia dentro y hacia fuera, son formidables: auge del populismo y del iliberalismo; tecnologías disruptivas en el ámbito informativo, industrial y de la defensa; deterioro de los marcos multilaterales y de la gobernanza global; rivalidad militar entre las grandes potencias; inestabilidad estratégica y posible proliferación de armas de destrucción masiva; crisis climática; movimientos migratorios masivos etc. Un panorama complejo e incierto -quizás inasumible desde la escala de los Estado-nación europeos- ante el que la UE debe mejorar su capacidad de adaptación en todos los ámbitos. Esa premisa condensa, en mi opinión, aquello que resulta urgente e importante para que la UE supere estos embates, diversos y profundos, a los que se va a tener que enfrentar en la próxima década.

Al contrario de lo que imaginaron los líderes europeos hace apenas quince años, el orden liberal multilateral basado en normas, lejos de moldear la globalización, languidece frente a una realidad con creciente aroma darwiniano. Las grandes potencias, con EEUU y China a la cabeza, pugnan por la superioridad económica, tecnológica y militar en clave de suma cero, lo que dificulta la acción de una UE que apuesta, precisamente por un enfoque normativo y centrado en el comercio. Los más grandes, fuertes y agresivos parten, en apariencia, con ventaja en un entorno así. No obstante, no cabe descartar que, finalmente, sea la capacidad de adaptación la que determine la suerte de unos y otros, si se trata efectivamente de un ecosistema darwiniano. Por ello, la UE, sin renunciar a su esencia normativa, deberá actuar estratégicamente. Cuestión que, como apunta el venerable Lawrence Freedman, no reside en la habilidad de formular un gran plan al principio de una crisis, sino, en la flexibilidad y la capacidad de improvisación frente a realidades cambiantes y adversas para alcanzar los fines deseados. Para ello, eso sí, resultará imperativo que la UE mejore su análisis situacional y lo integre en el proceso de toma de decisiones políticas. Las aspiraciones y los valores deben ser brújula y guía, pero el punto de partida ha de ser siempre la realidad.

Dos ejemplos pueden ilustrar esta idea. El primero, sobre la apelación a la creación de un ejército europeo, un anhelo legítimo y, sin duda, incentivado por las dudas sobre el compromiso del presidente Trump con el vínculo transatlántico. En mi opinión, el deterioro de este vínculo no es una buena noticia, pero al menos ha tenido el efecto positivo de despertar a muchos en Europa de su letargo geopolítico. Sin embargo, plantearlo en clave maximalista o excluyente con relación a la OTAN, aunque pueda resultar inspirador para una porción amplia de la opinión pública europea es desaconsejable políticamente y solo producirá o frustración -no habrá tal ejército en un futuro previsible- o una división estéril entre los estados miembros o, en el peor de los escenarios, la indefensión de Europa -si la división provoca la erosión definitiva de la Alianza Atlántica-.

Sin embargo, y más allá del debate relativo a las industrias de defensa, existe un margen muy amplio para que la UE profundice en materia de defensa. Así, dotar a la UE, vía estados miembros, de medios militares y civiles que le permitan proyectar fuerza en su vecindario inmediato es no solo posible, sino necesario. Si algo han mostrado las crisis que se han producido desde los años noventa en el ámbito de influencia de la UE -guerras de desintegración yugoslava, Libia, Siria o Ucrania- es la incapacidad operativa europea cuando no cuenta con el paraguas OTAN/EEUU. Esa situación se puede y se debe revertir, contribuyendo así a una “responsabilidad estratégica” que sirve en el camino de la (anhelada) autonomía estratégica -entendida ya sea en términos de capacidades o ya como capacidad de decisión- sin resultar divisiva ni insuperable en el corto y medio plazo.

El segundo ejemplo tiene que ver con la cuestión de las amenazas híbridas y la posible creación de un órgano o unidad europea para contrarrestarlas, incluyendo lo relativo a las influencias exteriores maliciosas. La UE dispone de todas las herramientas y el talento necesarios para este empeño. Lo que falta es un impulso político más decidido que permita dar un paso que, no sólo hará a la UE menos vulnerable, sino que reforzará su utilidad a ojos de sus estados miembros y de su ciudadanía. La complementariedad y opciones de colaboración mutuamente beneficiosa con la OTAN resultan bastante evidentes en este ámbito. De esta manera, al igual que con el ejemplo anterior, existe margen para avanzar y reforzar la cohesión y capacidades europeas en línea con el anhelo de la autonomía estratégica, evitando asuntos de muy difícil e incierta resolución en este momento.

Asimismo, cabe mencionar que la utilidad es un buen elemento para reforzar la legitimidad de cualquier proyecto político. Y la UE se resiente aún del desgarro social causado por la gran crisis que estalló en 2008 y que, a punto estuvo, de llevársela por delante. Si es percibida como útil y eficaz será menos cuestionada por su ciudadanía. Será así, a la vez, menos vulnerable frente a amenazas híbridas en forma, por ejemplo, de campañas de desinformación u operaciones de influencia de rivales geopolíticos que tratan de explotar, precisamente, tensiones internas en las sociedades europeas. Pero no será suficiente si no se produce la recuperación de un horizonte de futuro -construido sobre una compleja combinación virtuosa entre mejora de la competitividad y mantenimiento del modelo de bienestar europeo-. La UE, de nuevo, deberá ser capaz de adaptarse a un entorno incierto, difuso y en rápida y profunda transformación. Pero la UE, conviene no olvidar, no es solo el conjunto de sus instituciones. La UE es el conjunto de los ciudadanos. La UE somos nosotros. Su futuro ésta, por consiguiente, en nuestras manos.

Nicolás de Pedro – Senior Fellow, The Institute for Statecraft 

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