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– Marta Hernández – 

Infodemics. Así define la Unión Europea la crisis informativa que acompaña a la pandemia de COVID-19. La desinformación preocupa en Bruselas. Estamos ante un problema que los ciudadanos perciben como claramente transnacional, y que requiere de la colaboración entre los Estados miembros e instituciones europeas. La buena noticia es que los Estados son conscientes de la dificultad de controlar este fenómeno restringiéndose a sus fronteras, y están implicados en su lucha de manera conjunta.

La pandemia global ha acentuado un problema que ya se percibía como estructural antes. De acuerdo con el Eurobarómetro 92, de otoño de 2019, el 79% de los ciudadanos europeos opinaban que “la existencia de noticias o información que distorsionan la realidad o que incluso son falsas es un problema para la democracia en general”. En el caso de España, el 89% de los ciudadanos refrendaban la afirmación. Además, un 74% de los europeos lo consideraban “un problema en su país”, cifra que ascendía al 86% en el caso de España.

No en vano, la UE ya había encadenado una serie de estrategias, como el Plan de Acción, en el que destacaba la consolidación de los mecanismos de Alerta Temprana, o el Código de Buenas Prácticas, que refrendaron empresas tan importantes como Google, Facebook o Twitter. También se consolidó el East StratCom Task Force, dependiente del Servicio Europeo de Acción Exterior.

La agenda mediática ha estado monopolizada por la crisis sanitaria, lo que ha propiciado los flujos de información continuos y masivos sobre este tema. Por tanto, la relevancia del tema facilita que se introduzcan contenidos falsos, ya que apenas hay contraste, el asunto interesa y, si resulta creíble al sector de la población al que está dirigido, le provoca emociones -miedo, inseguridad, pertenencia al grupo- y le encaja en su imaginario, consigue el máximo impacto posible.

Como respuesta, la UE publicó en junio una Comunicación para mostrar los avances incorporados para adaptarse al reto que supone la desinformación sobre la pandemia. Aparecen varias novedades que se deben resaltar.

En primer lugar, destaca la actualización que se introduce en torno a uno de los conceptos más controvertidos a la hora de definir la desinformación: la intencionalidad. Se explica que, si no hay intención de causar “un daño público u obtener una ganancia económica”, hablaríamos de misinformation. Por ejemplo, cuando los ciudadanos comparten información falsa “de buena fe con amigos y familia”.

Por el contrario, en el caso de que sí que exista esa intención, se hablaría de disinformation. Como explicábamos en otro artículo [1], hay una amplia amalgama de grises que hacen difícil concretar esa diferenciación terminológica y que tienen relevancia en la estrategia. La intencionalidad es difícil de medir, por lo que centrarse solo en aquellos actores que claramente la tengan disminuye el impacto de la respuesta.

Si no hay intención de causar “un daño público u obtener una ganancia económica”, hablaríamos de misinformation. Por ejemplo, cuando los ciudadanos comparten información falsa “de buena fe con amigos y familia”

De hecho, la Comunicación introduce un tercer concepto que esclarece la prioridad de la UE: Las Operaciones de influencia. Se trataría de aquellas desarrolladas por terceros Estados en las que la desinformación juega un papel fundamental. Así, para desinformar se añadirían tácticas como el uso coordinado de cuentas falsas o la implementación de bots para incrementar la popularidad del contenido. Combatir estas operaciones es la absoluta prioridad de la Unión Europea.

En segundo lugar, se han estrechado las colaboraciones con otros actores internacionales. La Comunicación señala el G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón), con el que se ha cooperado con los Mecanismos de Alerta Temprana, la OTAN y la Organización Mundial de la Salud.

En los dos primeros casos, G7 y OTAN, se vislumbra la geopolítica tanto de la pandemia como de la desinformación. En ambos se entiende que hay un interés en utilizar la información para adquirir poder relativo. La UE ha expresado repetidamente su preocupación por el comportamiento de Rusia, pero en esta Comunicación se incluye a China como un actor que ha desarrollado prácticas perniciosas. Y lo hace de un modo contundente:

“Foreign actors and certain third countries, in particular Russia and China, have engaged in targeted influence operations and disinformation campaigns around COVID-19 in the EU, its neighbourhood and globally, seeking to undermine democratic debate and exacerbate social polarisation, and improve their own image in the COVID-19 context”.

Dicha contundencia sorprende a la hora de dirigirse a China, teniendo en cuenta el peso estratégico que tiene actualmente para la Unión Europea en términos económicos y comerciales. Pero también lo tiene Rusia, que sigue siendo un importante socio comercial de la UE y que es conocedor de la dependencia energética europea. Ello no ha restado dureza a la acusación, lo que deja entrever que la lucha contra la desinformación es prioritaria, ya que puede tambalear los cimientos del relato europeo si no encuentra una respuesta clara.

En cuanto a la OMS, la colaboración parece explicarse por la necesidad de desarrollar colaboraciones multinivel para contrastar los datos con seriedad. Además, también subyace el interés de la UE en apoyar a las agencias multilaterales de las Naciones Unidas, especialmente desde que el Presidente Trump pusiera en cuestión el trabajo de la OMS.

Entre las propuestas del documento se encuentra la financiación de iniciativas en el vecindario europeo, la promoción del fact-checking y la profundización en los mecanismos de Alerta Temprana. Todos son iniciativas ya planteadas con anterioridad, aportando ahora un mayor énfasis a la información sobre el coronavirus.

Sin embargo, hay una novedad importante desde el punto de vista comunicativo y que puede tener trascendencia no sólo en el terreno de la disinformation, sino también en el de la misinformation, aunque no se haya incluido con esa intención. La UE se ha hecho consciente de que debe ser una fuente que aparezca con continuidad en los debates nacionales. En palabras del documento:

The Commission Representations in Member States will play a more active role in national debates with fact-based information, tailored to the local situation, in particular by using social media”.

Como explicábamos en otro artículo anterior [2], las instituciones supranacionales han sido tradicionalmente temerosas de participar en los debates públicos nacionales para no contradecir o importunar a los Estados miembros. De este modo, el relato sobre la UE se monopolizaba en gran medida por las propias fuentes nacionales.

Entre las propuestas del documento se encuentra la financiación de iniciativas en el vecindario europeo, la promoción del fact-checking y la profundización en los mecanismos de Alerta Temprana

Ahora que existe una voluntad de cooperación comunicativa para poder frenar el problema transnacional de la desinformación, el Servicio Europeo de Acción Exterior y la Comisión están de acuerdo para que esta última aporte de manera activa declaraciones y datos contratados en los debates nacionales y no tema convertirse en una fuente central para medios y ciudadanos. Y no sólo tendrá que explicar su postura cuando se trate de políticas en las que tiene competencias intensas. Se trata de explicar a los ciudadanos cómo funciona la Unión, cuándo puede actuar y qué es lo que está pasando en el tema que se aborda. Sin duda, una buena noticia a largo plazo para el relato europeo.

Listado de referencias

[1] HERNÁNDEZ RUIZ, M. (2019). #QuéEuropaQuieres: Una Europa capaz de luchar contra la desinformación. Blog del Real Instituto Universitario de Estudios Europeos. Disponible aquí: https://blog.idee.ceu.es/2019/07/10/queeuropaquieres-una-europa-capaz-de-luchar-contra-la-desinformacion/

[2] HERNÁNDEZ RUIZ, M. (2018). Son las voces nacionales las que hablan de Europa. Revista Política Exterior. Número julio-agosto de 2018.

 

Marta Hernández Ruiz, Profesora de Relaciones Internacionales y UE en la Universidad CEU San Pablo.

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