En Máster en Relaciones Internacionales, Mundo

– Eva María Pérez Vidal – 

La pugna en términos de política exterior entre Estados Unidos y Rusia es un punto central dentro de los asuntos internacionales del siglo XXI, encontrándonos ante una especie de resurgimiento del clima de la Guerra Fría que vivimos durante el siglo pasado, que parece ser que todavía tiene una larga sombra en la actualidad. Las tensiones entre ambos países han vivido una escalada que se traduce en hechos como la presunta conspiración o interferencia en las elecciones estadounidenses de 2016 y un nuevo frente “bélico”: la expansión de las fake news en las redes como nueva arma política y como símbolo de debilidad de las democracias occidentales.

Las relaciones entre Washington y Moscú siempre han sido complejas, sobre todo durante el siglo XX, y la política exterior rusa actual, encabezada por la figura de Vladimir Putin, no es llevada a cabo de una forma tan baladí como parece. Desde el fin de la Guerra Fría, las sucesivas administraciones norteamericanas no han sabido aprovechar tan relevante momento histórico y tender la mano de alguna manera a una Rusia que en ese momento intentaba escapar de muchas de las inercias y estereotipos ideológicos marcados desde hacía décadas, y que paradójicamente hoy se pueden ver como símbolos intrínsecos de su propia identidad.

En su lugar, la situación se tradujo por parte de EE. UU., así como por parte de las demás potencias occidentales, en la búsqueda de un debilitamiento de Rusia tanto en términos económicos, apoyando un capitalismo extremadamente débil y dependiente del exterior; como políticos, intentando mantener la hegemonía ideológica occidental a nivel mundial y expandiendo la OTAN (1). La ejemplificación más evidente de este planteamiento, muy subordinado a una óptica simplista de vencedores y vencidos en la Guerra Fría, y espíritu bipartidista a nivel internacional, son los hechos ocurridos tanto en Kosovo como en Ucrania, con una interferencia claramente occidental en los asuntos de esos países que trastocaría el mapa mundial y daría carta blanca a Rusia para perseguir sin reparos sus propios intereses económicos y estratégicos, así como volver a tendencias nostálgicas, siendo el mejor embajador de éstas el propio Vládimir Putin.

La llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos con su lema “Make America Great Again” y su particular forma de actuar no sólo en su presidencia, sino en lo relativo a política exterior, inició numerosos debates de si las relaciones entre Rusia y EE. UU. tomarían un nuevo rumbo, sobre todo debido a las acusaciones de supuesta interferencia de la inteligencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 a favor de Donald Trump. El goteo de ceses y dimisiones de personas muy próximas al presidente no ha remitido en todo su mandato. Aunque la Casa Blanca siempre ha negado conspiración rusa alguna, la tormenta política no ha cesado durante sus cuatro años como presidente, tanto por el tema de los vínculos con Rusia como con su “impeachment” y juego sucio en distintos campos. La situación no deja de complicarse por las interminables manifestaciones del propio Trump que, a través de las redes sociales, insiste en calificar todos estos asuntos como una “caza de brujas” hacia su figura (2).

Lo cierto es que ha existido una mayor sintonía personal entre Trump y Putin que entre este último y su antecesor en la casa blanca, el presidente Obama. Pero a nivel de política exterior esta afirmación es cuestionable, ya que la era Obama empieza en 2009 con el establecimiento del llamado “Russian Reset”, en el que se busca iniciar de cero las mal paradas relaciones. El resultado es que Rusia aprovecha esta decisión para fortalecerse a sí misma, reconstruyéndose militarmente y aumentando su presencia a nivel internacional. El resultado son, por ejemplo, las sanciones por la anexión de Crimea, y un no retorno en términos de una mejora de las relaciones entre los dos países (3).

En la era Trump, a pesar de lo reflejado en los medios, no se ha intentado volver a este nuevo inicio que había intentado crear la administración Obama sin éxito. Las relaciones con Putin siguen estando a un nivel muy bajo, pudiéndolo comparar incluso con un momento de la Guerra Fría. Ambas relaciones han seguido siendo competitivas, reflejando la búsqueda de distintos intereses, valores y políticas de seguridad nacional cada vez más incompatibles, hechos que imposibilitan a corto plazo un acercamiento entre ambos países, así como entre Rusia y las demás democracias occidentales.

Es decir, la política exterior de Estados Unidos responde a una dinámica global enraizada de manera muy profunda en antecedentes marcados por las pautas que había creado la Guerra Fría, y no depende en gran medida del presidente que esté al mando de la Casa Blanca. Putin intenta recuperar la posición de Rusia a nivel global en un contexto post-Guerra Fría. Al fracasar el posible acercamiento tras la caída del muro y los años posteriores, Rusia se ha visto amenazada, y al mismo tiempo ha intentado recuperar su pasado como potencia mundial para no quedar relegada a una mera potencia regional, y para que Estados Unidos y el mundo occidental no pasen a marcar las reglas del juego.

Las relaciones Trump-Putin no han sido tan cercanas como podemos esperar, al mismo tiempo que debemos considerar con toda claridad que el futuro presidente Biden seguirá esta dinámica de hostilidad y confrontación con Putin, que no responde a una decisión personal, como en el caso de Trump, sino a una dinámica global que viene marcada desde hace décadas y es muy difícil dar marcha atrás.

Lo cierto es que esto no sólo va a crear una escalada de confrontaciones a nivel internacional en los próximos años con consecuencias más que indeseables, como ha ocurrido en el caso de la Guerra de Siria, sino que la situación actual refleja un profundo fracaso de todo lo que supuso el fin de la Guerra Fría y el proyecto de un nuevo orden mundial. Habría sido más que conveniente contar con Rusia como una aliada natural de Occidente, no sólo por la conveniencia de EE. UU., sino para ambas partes, y muy especialmente en el caso de la Unión Europea. De esta manera, por un lado se hubiera evitado que ésta volviera a tendencias nostálgicas y anti-democráticas, al mismo tiempo que para Occidente habría podido ser de gran ayuda para afrontar nuevas amenazas a nivel global, tales como el nuevo islamismo radical.

Notas a pie de página

(1) Pérez Benítez, S. (2015). Las relaciones EE.UU.-Rusia y la crisis en Ucrania. Revista de Estudios Estratégicos no. 3., La Habana, p. 115.

(2) Nieto, M.I. (2018). Las relaciones EE.UU.-Rusia en la era Trump. Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 48, pp. 93-94.

(3) Nieto, M.I. (2018). Las relaciones EE.UU.-Rusia en la era Trump. Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 48, pp. 95-97.

Listado de referencias

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Eva María Pérez Vidal, alumna del Máster Universitario en Relaciones Internacionales (2020-2021) de la Universidad CEU San Pablo

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