en Economía y Empleo

– Federico Steinberg – 

Aunque lo peor de la crisis del euro que se inició en 2010 haya quedado atrás, el deficiente funcionamiento de la Unión Económica y Monetaria (UEM) sigue constituyendo un quebradero de cabeza tanto para los ciudadanos como para los líderes políticos de la zona euro. Por una parte, los países del sur, aunque han empezado a crecer, siguen experimentando las brutales consecuencias de una severísima y prolongada crisis económica, que en buena medida asocian a las políticas impulsadas por la Unión Europea (UE). Los ciudadanos se sienten apabullados por el paro y los recortes, no ven una salida a la crisis ni entienden por qué no se puede adoptar otra estrategia económica para superar los obstáculos.

Por otra parte, los países del norte de Europa, aunque no sufren las penalidades económicas de forma significativa, también están cada vez más descontentos con Bruselas. Sus ciudadanos tienen la creciente sensación de que se les está exigiendo que rescaten a los países en dificultades cuando nunca fueron conscientes de haberse comprometido a tener que hacerlo. Como consecuencia, la divergencia entre los países del norte y los del sur, entre acreedores y deudores, continúa aumentando.

Aunque el apoyo al euro es todavía mayoritario, se observa que sus detractores han ido ganando peso. Plantear abiertamente la salida de la unión monetaria, aun siendo una opción claramente minoritaria, ya no es una alternativa clandestina y anti-sistema, como lo fue durante la pasada década. Los ciudadanos de la zona euro quieren que sus países se mantengan dentro de la moneda única, pero cada vez es más difícil discernir si realmente están convencidos de la necesidad de la unión monetaria o si simplemente tienen miedo al apocalipsis económico y social que la desaparición del euro podría significar.

Por lo tanto, y aunque resulte paradójico, la moneda única, que nació como una herramienta de integración europea, está sirviendo para dividir a los europeos, así como para socavar la confianza que históricamente ha existido en las instituciones de la Unión. Aun así, y como ya sucediera en anteriores crisis, las élites europeas continúan impulsando la integración. Ante la evidencia de que el diseño original del euro era incompleto y de que el coste de no salvar la moneda única sería demasiado elevado, han hecho de la necesidad virtud y se han lanzado a mejorar la arquitectura institucional del euro perfeccionando sus mecanismos de gobernanza económica. Como en anteriores pasos de la integración, y siguiendo la lógica funcionalista según la cual cada paso adelante en la creación de una unión más estrecha lleva al siguiente, se ha optado por empezar por la unión bancaria para seguir con la fiscal, la económica y, finalmente, algún tipo de unión política que permita legitimar la enorme cesión de soberanía a las instituciones europas que se está produciendo.

El problema es que el modo en el que se está llevando adelante el proyecto no responde a la lógica tradicional europea, basada en la solidaridad, la confianza y la igualdad entre estados. Se ha impuesto una lógica de confrontación entre países acreedores y deudores, que difumina cada vez más los intereses comunes y que se plasma en un intergubernamentalismo asimétrico donde los acreedores dictan las reglas y los deudores las acatan. El lenguaje de la cooperación ha dado lugar al de la confrontación y el binomio solidaridad-confianza, que tan bien había funcionado en el pasado entre el norte y el sur, ha sido sustituido por el lenguaje de la condicionalidad, más propio de los programas de rescate del FMI en países en desarrollo que de un conjunto de estados que pretenden avanzar hacia una unión política. Por último, también se ha debilitado el consenso ideológico que siempre ha tendido a aglutinar tanto a partidos de centro-derecha como de centro-izquierda en torno al proyecto europeo, y las tensiones entre los países del euro y los que no han adoptado la moneda única (bien porque no quieren, bien porque no pueden) también van en aumento.

En definitiva, los nuevos equilibrios de poder en Europa a los que ha dado lugar la crisis han llevado a que una Alemania cada vez más hegemónica (pero incómoda en su papel de líder) trace sin prácticamente oposición las líneas maestras de la alemanización económica de la zona euro. Ni los líderes de los países del sur ni los de Francia, que solían actuar de contrapeso a Alemania, han podido revertir esta situación. Pero, en la ciudadanía, esta reconfiguración del poder en Europa genera desconfianza, ya que la opinión pública no vislumbra una explicación convincente de por qué una Europa más integrada y a la vez más “alemana” es lo que le conviene.

Precisamente en un momento de transición del sistema económico y político internacional, cuando la UE sería más necesaria para que la voz de sus países miembros no se viera difuminada por el auge de las potencias emergentes, es cuando más dudas surgen en torno al proyecto europeo. Lejos de ver a la UE como parte de la solución, cada vez más ciudadanos la ven como parte del problema, lo que se ha reflejado en un espectacular aumento de los partidos eurófobos y eurocríticos y en la victoria del Brexit en el referéndum británico. Así, poco a poco, está desapareciendo del discurso un relato convincente sobre por qué es necesaria Europa, y sólo ese relato puede devolver la legitimidad al proyecto europeo y hacer comprensible para los ciudadanos el proceso de reformas económicas y cesión de soberanía en el que se han embarcado.

Federico Steinberg. Investigador en el Real Instituto Elcano. Profesor en la Universidad Complutense de Madrid.

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