en Justicia e Interior

– Felipe Sahagún – 

“No hay suficiente Europa en esta Unión ni suficiente Unión en esta Europa”, declaró Juncker en su primer discurso sobre el estado de la Unión hace un año.

Muy crítico, el nuevo presidente de la Comisión, elegido por primera vez por el Parlamento Europeo, afirmó que ya era hora de gestionar eficazmente la crisis de refugiados, repartiendo 160.000 del millón largo que entró en 2015.
Un año después, no llegan a 5.000 los casos resueltos, el acuerdo de Schengen ha dejado de aplicarse, varios países han levantado muros de distintas formas, las normas aprobadas en Dublin III son letra muerta, el pacto de marzo con Turquía para frenar el flujo por el Mediterráneo oriental, aparte de su más que dudosa legalidad, nos convierte en socios de un régimen cada día más lejos de los criterios democráticos y un país, Hungría, acaba de echar un órdago a Bruselas con un referéndum sobre el sistema de cuotas.

Alegrarse porque no votó el mínimo exigido del 50% para que fuera válido sirve de poco cuando prácticamente todos los que votaron apoyaron la decisión de Orban, quien dejó claro que piensa seguir adelante con una reforma constitucional para cerrar las fronteras a casi todos los inmigrantes.

Como explica el equipo de Política Exterior en su Informe Semanal nº 1005, “Orban planteó una pregunta capciosa e indisimuladamente xenófoba: ¿Quiere que la UE pueda decidir sin el consentimiento del Parlamento sobre el asentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría? La propaganda oficialista criminalizó a los refugiados al relacionarlos con el terrorismo y llenó las ciudades con carteles que denunciaban que la inmigración ha creado cientos de guetos y no-go zones en Londres, Bruselas y Berlín”.

No busquen razones económicas, porque no las hay. Con los millones gastados en el referéndum se podía haber cubierto la acogida de los 1.294 que les asignaron en el reparto durante muchos años. Busquen las causas en la falsa percepción de amenaza, la manipulación del ambiguo concepto identitario, la xenofobia y el racismo alimentados por algunos viejos y nuevos partidos, y el uso abusivo del referéndum para saltarse los controles y las responsabilidades democráticas dentro y fuera del país como le convenga a cada uno.

El primer ministro eslovaco, Robert Fico, dice que no quiere “ni un inmigrante musulmán” y el gobierno de Polonia, el país que más ayuda ha recibido de los nuevos miembros de Europa central y oriental, “ni musulmanes ni no blancos”.

“Cuando preparamos Dublin III en 2013”, nos decía hace tres semanas en Estrasburgo la eurodiputada liberal y obispa protestante sueca Cecilia Wikstrom, que presidió la comisión encargada de elaborar la nueva política, “lo que parecía un claro avance me pareció insuficiente, con grandes posibilidades de fracasar y así ha sido”. País por país, casi nadie lo está aplicando porque era insostenible.
“Estamos en el inicio de un nuevo proceso y el Consejo ni siquiera ha aprobado la nueva posición común”, añadía. “Si hemos sido capaces de poner en pie una Unión Bancaria, ¿cómo es posible que no tengamos todavía una Unión Humanitaria?”, se preguntaba. “Si cada ciudad de más de 10.000 habitantes de la Unión acogiera sólo a 16 inmigrantes o refugiados, el problema estaría resuelto. Así, cuatro países están soportando el 85% por ciento de los flujos”.

¿Quién podía imaginar que el populismo y la demagogia derrotarían al capitalismo en un referéndum en la cuna de la democracia? ¿Cómo pensar que cuestiones identitarias, sentimientos de pérdida de bienestar y miedo al extranjero, con datos descaradamente falseados, se impondrían al poder y a los intereses de la banca, de los medios de comunicación y de las otras instituciones más influyentes de Europa? ¿Por qué demócratas convencidos, como los principales dirigentes británicos, eligieron un instrumento tan poco democrático como un referéndum para decidir una cuestión tan compleja como seguir en la UE o salirse de ella, que es como decidir el destino de un país a cara o cruz? ¿Por qué en el resto de la UE se permitió –con un bochornoso silencio- que dirigentes británicos que siempre han puesto el interés nacional por delante de los intereses supranacionales de la Unión monopolizaran la campaña del Remain? ¿Sería diferente el resultado si siguen su ejemplo, como han amenazado con hacer, fuerzas políticas como el Frente Nacional si llega a gobernar en Francia?

El sentido común nos dice que sí, pero Francia ya rechazó en referéndum, como Holanda, el proyecto de Constitución que tanto esfuerzo costó diseñar, obligando a desviar el cauce del río europeísta por otras veredas.
Confiemos en que se evitará lo peor en las elecciones de 2017 y en las siguientes. Como ha recordado Habermas, la integración europea, a pesar de sus dificultades y defectos, ha sido hasta hoy –y sigue siendo- beneficiosa para los intereses de sus principales constructores: Alemania en primer lugar.

La Alemana Federal salió con éxito de su aislamiento y postración gracias a su propio esfuerzo, por supuesto, pero también al cobijo y al escudo protector de “buenos europeos” encontrados en la casa comunitaria que en marzo cumple 60 años. Sin ese ancla de seguridad y catapulta de despegue, su recuperación en todos los ámbitos hubiera sido mucho más difícil y su nueva reputación de gran potencia geoeconómica en abstinencia militar mucho más complicada.

Alemania ha sido, probablemente, la principal beneficiaria –antes y durante la crisis que no hemos acabado de superar- de la unión monetaria que François Miterrand exigió a Helmut Khol en la cumbre de Estrasburgo de diciembre del 89 para (como dijo entonces al ministro de Exteriores Hans-Dietrich Gensher) “evitar volver al mundo de 1913”.

La primera reacción de Kohl fue que el temor de Mitterrand no tenía sentido, pero muchos políticos y académicos compartían las dudas del presidente francés. El debate no cerró, ni mucho menos, los grandes interrogantes sobre la normalización de la nueva Alemania unida en Occidente. Al contrario, abrió interrogantes nuevos que – tras las guerras balcánicas, la invasión de Irak de 2003, la conferencia constitucional y la gestión de la crisis de 2008, con Angela Merkel ya en la cancillería- siguen sin respuesta y se han complicado con la crisis de los refugiados y el Brexit.

Lo cuenta muy bien Hans Kundnani, periodista, académicos y director de publicaciones del Council for European Relations en Berlín, en La paradoja del poder alemán, que acaba de ver la luz en español.

Los grandes medios de comunicación alemanes y franceses se han puesto, con raras excepciones, al servicio de las políticas de sus gobiernos. Renunciaron a su obligación de crítica responsable y constructiva.

La solución no fue un simple quid pro quo – euro por reunificación – como tantas veces se ha dicho, pero, posiblemente, sin reunificación Francia y Alemania no se habrían puesto de acuerdo en la moneda única.

“Vamos a llevar el marco alemán a Europa”, advirtió Waigel ante las presiones de París. Y lo hicieron. Se diseñó un Banco Central a imagen del Bundesbank, un euro a imagen del marco y una política monetaria supeditada a las condiciones de convergencia que deseaba Alemania: control del déficit y de la deuda, y cláusula contra el rescate financiero.

El Bundesbank en aquel momento prefería un largo proceso de convergencia económica que culminara, como fruta madura, en una unión bancaria, fiscal y política. Francia, fiel a su tradición gaullista, prefirió de nuevo la Europa de las Patrias e insistió en un parche cortoplacista que millones de europeos, los más perjudicados por la crisis, hoy están pagando tan caro.

La misma Francia que en 1954 abortó de raíz la Europa de la Defensa. La misma que en 1970 bloqueó el proyecto de unión monetaria de Pierrre Werner. La misma que se resistió a abrir la puerta al Reino Unido hasta que Pompidou sustituyó a De Gaulle por considerarlo un caballo de Troya que nunca apoyaría con lealtad el proyecto original de integración.

Los británicos – desde el discurso de Churchill en Zurich en 1946 a Cameron, pasando por Thatcher y Blair – nunca han creído en una Europa unida que fuera mucho más allá del gran mercado. Por esa actitud meramente instrumental se quedaron fuera de Schengen y del euro. Por eso fueron los primeros en impulsar la gran ampliación al este sin las condiciones exigidas desde la cumbre de Copenhague, ampliación que rompe el equilibrio histórico entre profundización y ampliación de medio siglo.

Sin esa ruptura es difícil encajar y comprender muchos de nuestros problemas de hoy, pero debemos reconocer que, al menos en España, pocos pusieron objeciones. ¿Cómo cerrar la puerta a la luz, aunque no reunieran las condiciones, a quienes habían sufrido tanto en las catacumbas del comunismo soviético?
Para la mayor parte de los nuevos socios comunitarios, sin soberanía real desde la Segunda Guerra Mundial, la “recuperación del control” abanderada por los partidarios del Brexit es un atractivo canto de sirena, aunque no crean en él, para distanciarse de Bruselas, levantar murallas, incumplir acuerdos como el del reparto de refugiados y buscar chivos expiatorios en los inmigrantes para ganar elecciones.

Es una senda muy peligrosa. ¿Es normal que el actual primer ministro húngaro, Orban, o el mentor del actual gobierno polaco, Jaroslav Kaczinski, defiendan fantasías guillerminas como una asociación de estados soberanos en lugar de la UE que tenemos, sin que suenen todas las alarmas?

No toda la responsabilidad está en los estados miembros, naturalmente. La ausencia de un demos europeo, la incapacidad o falta de voluntad para construir una opinión pública europea en positivo, la percepción de una UE al servicio de tecnócratas y de intereses alejados del ciudadano, una estructura que deja el relato en manos de cada gobierno miembro y la respuesta inicial a la crisis impuesta por Alemania, hoy criticada también por muchos alemanes y parcialmente corregida ante los estragos que estaba produciendo en el sur de Europa han ensombrecido la aportación histórica de la Unión desde sus orígenes.

Durante más de 40 años en el periodismo activo y 36 ya en la docencia en la Complutense y, durante seis años, aquí en el CEU, he vivido y explicado Europa como la realización de un sueño. Me refiero al ideal de la paz mediante la solidaridad y la soberanía compartida: un ideal con raíces intelectuales profundas (Dante, Kant, Adam Smith, Víctor Hugo, Salvador de Madariaga, a quien conocí en los últimos años de su vida en los EE.UU.), que un puñado de políticos valientes, en circunstancias nada fáciles y con muchos menos medios que los nuestros, supieron trasformar en realidades concretas.

Esta Europa – el sueño de los sabios como la denominó De Gaulle – ha sufrido desde que firmé mi primer artículo en el diario Informaciones de Madrid en 1974 muchas crisis graves: la de la silla vacía de Francia, la de la crisis del petróleo tras la guerra del Yom Kippur, la del cheque británico, la del fin del sistema bipolar…
En todas ellas se multiplicaron las voces catastrofistas pronosticando el fracaso del proyecto, pidiendo el retorno a los nacionalismos que – dos veces en 30 años – destruyeron el continente.

Casi 65 años después del primer paso, aquí estamos: la primera potencia comercial y humanitaria del mundo, la tercera potencia demográfica, la primera en PIB, la más comprometida en la lucha contra el cambio climático, el estado de bienestar más avanzado a pesar de todos los problemas… Una zona estable y segura… a pesar de todas las amenazas.

Con cada nueva ampliación, se extendió el área original de libertad y de libre mercado, de democracia y derechos humanos. Con cada nuevo tratado, hasta el de Lisboa, se ha avanzado en integración.

Para los europeos con memoria, lo que da sentido a la Unión Europea, su razón de ser, es –por este orden- PAZ y prosperidad. Para los españoles de mi generación, en cambio, fue, por este orden, DEMOCRACIA y prosperidad.

Felipe Sahagún. Periodista especializado en Política Internacional

Fragmento del discurso de Felipe Sahagún durante el acto de inauguración del curso académico 2016 – 2017 del Instituto Universitario de Estudios Europeos

Puede acceder al discurso completo en este enlace.

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