en Políticas de la UE

– Salvador Llaudes – 

Los estudiosos del proceso de integración llevamos algunos años bastante entretenidos. La conjunción de la llegada del euro, la ampliación al Este y el Tratado Constitucional parecía que se iba a convertir en nuestro “fin de la historia” fukuyamiano particular. Pero en un continente labrado en mil batallas es mejor no confiarse nunca, de la misma forma que conviene no dramatizar en exceso sobre su futuro.

No. No hubo “fin de la historia” europeo. El Tratado Constitucional resultó ser un fracaso y se acabó sustituyendo (gracias a Angela Merkel) por el que se conoce como Tratado de Lisboa. Por su parte, y amén de la positiva consecuencia de la reunificación del continente, la ampliación al Este trajo consigo también nuevas dinámicas y tensiones en el seno de la Unión. Los máximos exponentes de las mismas son los problemas con el Estado de Derecho en Polonia y Hungría y la gestión de la crisis de refugiados. Asimismo, la incompleta arquitectura de la moneda común ha ayudado más al aumento de la desconfianza entre los países europeos que a la resolución de la crisis económica.

Este sombrío panorama en la UE se completa con el ascenso de los populismos eurófobos, las injerencias rusas (en Ucrania, en las elecciones en distintos países europeos e, incluso, en el reciente pseudo-referéndum de Cataluña), la llegada a la Casa Blanca del primer presidente estadounidense que abiertamente recela de la Unión Europea, y la gestión de algo que no tiene precedentes: la salida de un Estado miembro, que además no es ni más ni menos que el Reino Unido.

En este difícil entorno hemos sido testigos asimismo del desplazamiento del liderazgo del tradicional eje franco-alemán. La debilidad francesa y la fortaleza alemana han situado al país germánico más que nunca en una posición hegemónica que, por otra parte, siempre ha sido renuente a ejercer. No obstante, la llegada de Emmanuel Macron -y su impulso europeísta- a la Presidencia de Francia abre una ventana de oportunidad para el reequilibrio de esa relación y, también, para que haya cambios en la UE.

No en vano, su reciente y visionario discurso en la Sorbona, una vez empezados los deberes en casa para recuperar el crecimiento económico y, sobre todo, la credibilidad en el exterior (particularmente en Alemania), muestra un posible camino a seguir, con múltiples propuestas. Las formula tanto en áreas en las que se ha venido hablando de la posibilidad de modificaciones (gobernanza de la eurozona, migraciones o seguridad y defensa) como en otras más novedosas, incluyendo la institucional (listas transnacionales), la cultural (creación de universidades europeas) o la ciudadana (convenciones participativas).

Pero Macron no es el único que está aportando ideas. Ya desde el referéndum del Brexit se comenzó a articular la denominada “Reflexión política sobre el futuro de la Unión Europea”, con Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo, y Merkel como principales padrinos. Este proceso, al que se han sumado todas las instituciones comunitarias, ha tenido hasta la fecha como hitos clave la Declaración de Bratislava, la de Roma con motivo del 60 aniversario de los Tratados, el Libro Blanco de la Comisión, las varias resoluciones del Parlamento Europeo al respecto y el reciente discurso del Estado de la Unión del Presidente Juncker.

Así, se puede señalar que el proceso de integración se encuentra en uno de esos momentos optimistas, tal vez en exceso. Ello se explica al haberse evitado la catástrofe que parecía avecinarse para 2017. De todas formas, sería iluso pensar que cualesquiera que sean las reformas y los cambios que se acaben por implementar, van a tener lugar sin el beneplácito de Berlín. Y claro, poco se ha podido avanzar hasta que no han tenido lugar las recientes elecciones alemanas.

El resultado de las mismas deja varios elementos para el análisis en lo que respecta al futuro del proceso de integración. En primer lugar, la victoria de Merkel (a pesar de su descenso en votos) asegura moderación y certidumbre. La líder germana se enfrenta a su cuarto mandato al frente del Gobierno, emulando al gran europeísta alemán Helmut Kohl. La gran pregunta es si también emulará a su maestro en lo que se refiere a dejar un legado (junto a Macron) a las próximas generaciones o si, por el contrario, se centrará más bien en la política alemana pensando en los siguientes comicios (se presente o no).

En segundo lugar, parece claro que la coalición que dominará la política alemana en los próximos años será la denominada como “Jamaica” (por la coincidencia de los colores de los partidos con los de la bandera del país caribeño). Dicha coalición incluye, además de a la CDU-CSU, a los liberales del FDP y a Los Verdes. En principio, esto podría causar problemas a la agenda macroniana, por las críticas del FDP con la política europea en materia económica, aunque también es cierto que el anterior Ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, ya tenía una posición bastante dura en ese sentido. Al mismo tiempo, no hay que descartar que las posiciones de Los Verdes, fervientemente europeístas, equilibren la balanza.

Por último, el nefasto resultado electoral de los socialdemócratas del SPD les ha llevado a la oposición. La ausencia de “Gran Coalición” en el Gobierno alemán tiene un doble efecto para la UE: por un lado, el carácter europeísta del gobierno se verá, en principio, disminuido; por otro, el liderazgo de la oposición estará en manos del SPD y no de los euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD). Dada su radicalidad en política migratoria (proponen el control de fronteras) o política económica (son favorables a la salida del euro), sería muy peligroso que el AfD fuese la principal oposición en el Bundestag.

En cualquier caso, los próximos meses serán decisivos. La composición y el programa de gobierno del nuevo Ejecutivo alemán, que no se prevé antes de Navidades, reflejará hacia dónde quiere ir Alemania y hacia dónde quiere Alemania que vaya la Unión Europea. Existe una ventana de oportunidad para llevar a cabo cambios en el proceso de integración, pero no durará más allá de mediados de 2019, cuando se produzcan tanto el Brexit como las elecciones al Parlamento Europeo y los cambios institucionales que le acompañan. Merkel y sus socios tienen una gran responsabilidad en un momento histórico para la Unión.

Salvador Llaudes. Investigador, Real Instituto Elcano.

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