en Políticas de la UE

– Hikaru Takatori – 

El pasado mes de octubre, se celebró el Congreso del Partido Comunista de China (PCCh) después de cinco años, en el cual se aprobaron varias enmiendas constitucionales, entre las que está incluida la promoción de “la Ruta de la Seda”. Esto indica la gran pasión de Xi Jinping con este proyecto y, al mismo tiempo, su decisión de quemar las naves para su éxito.

La Ruta de la Seda es un proyecto ambicioso propuesto por Xi Jinping en 2013 para realizar la formación de un bloque económico inmenso unido por una vía terrestre y otra marítima, por medio del cual el líder del PCCh pretende estrechar la colaboración económica con los países de Asia, Europa y África invirtiendo en infraestructuras de gran escala; más allá de esto, también tiene la intención de ampliar su influencia en dichos países y, al final, crear un nuevo orden del mundo con China como líder.

En mayo de 2017, se organizó el foro multilateral de La nueva Ruta de la Seda en Pekín en el que se hizo público que China contribuirá con unos 100 billones de dólares adicionales al proyecto, así como también se mostró la actitud de promover el libre comercio. Por otro lado, 1.500 personas de 130 países participaron en el foro, por lo que se constata claramente el interés por el plan suscitado en todo el mundo. Sin embargo, muchos líderes de países importantes no asistieron al evento. Entre los del G7, sólo Italia envió a su líder. Esto implica que todavía quedan dudas entre muchos países acerca de la Ruta de la Seda.

Resulta muy obvio que China quiere aumentar su presencia política en la zona eurasiática, con lo cual los demás países, especialmente los europeos, van mostrándose cada vez más cautelosos frente a este proyecto, y de hecho, los líderes de Reino Unido, Alemania y Francia no visitaron Pekín. Una semana antes de inaugurarse el foro, Jörg Wuttke, expresidente de la Cámara de Comercio de la Unión Europea en China, indicó que “la nueva Ruta de la Seda es más bien un proyecto político” destinado a apuntalar la seguridad de los países vecinos y de las rutas para el suministro de energía y materias primas a China. Las potencias europeas, Reino Unido, Alemania y Francia se abstuvieron de hacerse representar por sus líderes en el foro

En realidad, dicha influencia política ya se está agrandando. Por ejemplo, en junio de 2017, Grecia se opuso a la declaración de la Unión Europea en la que se criticaba la violación de los derechos humanos en China. En el trasfondo de este asunto, subyace una relación estrecha entre ambos países. Para Grecia, que está sufriendo de insolvencia, las inversiones de China son esenciales para su desarrollo. El año pasado una empresa estatal china adquirió el puerto del Pireo, un importante nudo de transportes del Mediterráneo, y ahora virtualmente China gestiona y mantiene este puerto.

Además de Grecia, China realizó importantes financiaciones en proyectos de infraestructuras de los países de Europa del Este y del Sur. En realidad, muchos países de esta zona como Grecia, Hungría, Serbia, Polonia, etc., asistieron al foro. De lo cual se desprende que el gran plan de Xi Jinping conlleva la posibilidad de dividir Europa en dos partes, el oeste y el este.

De este modo, para los países carentes de fondos para crear infraestructuras, la Ruta de la Seda debe ser muy atractiva. De hecho, los países receptores de esa ayuda pueden crear las infraestructuras a pesar de que sean asuntos para los cuales sea muy difícil reunir los fondos necesarios, porque los bancos chinos, respaldados económicamente por el gobierno chino, pueden financiar los proyectos con condiciones relativamente relajadas. Sin embargo, tales países tienen que reconocer los riesgos de las ayudas chinas para el desarrollo. Estos son que las financiaciones de China pueden provocar la insolvencia. Los intereses del préstamo de las ayudas de China para el desarrollo se deciden en el mercado, es decir, no son bajos ni gratuitos. Además, normalmente la construcción de infraestructuras genera tremendos gastos. Así que es posible que los altos intereses hagan sufrir a aquellos países prestatarios que no tienen las perspectivas claras en cuanto al plan de devolución.

Por ejemplo, Sri Lanka construyó un puerto en Hambantota, situado en el sur de este país, con fondos chinos en 2010. Sin embargo, como resultado el Estado se vio desbordado por las pesadas cargas de los intereses, y a finales del año pasado, el gobierno de Sri Lanka decidió alquilar este puerto a una empresa estatal de China durante 99 años. Es decir, prácticamente, China se quedó con este puerto.

Por supuesto, financiando proyectos de tal manera China corre los riesgos de tener deudas incobrables. Los países situados en la ruta continental son Estados en vías de desarrollo con gobiernos dictatoriales, y las inversiones en las infraestructuras de estos países producen en general pocos beneficios. En realidad, la suma de la inversión de China en el exterior en 2016 alcanzó aproximadamente los 170 billones de dólares. En cambio, su inversión en los países objeto de la Ruta de la Seda no ascienda a más que unos 15 billones de dólares, cifra que representa aproximadamente un 9% de la suma total de la inversión china. Esto es debido a que las empresas privadas chinas evitan los riesgos de las inversiones en tales países y orientan sus capitales hacia los activos financieros de los países desarrollados encabezados por EE.UU.

Por otro lado, las miradas críticas están dirigidas a las empresas chinas que gestionan los proyectos en el extranjero. En concreto, algunas de ellas tienen problemas con la población local y son criticadas por obras mediocres, la destrucción medioambiental y el uso de materiales de baja calidad, entre otras cuestiones.

De tal manera, la Ruta de la Seda es un proyecto problemático. Los países incluidos en este bloque económico deben tener en cuenta los riesgos. No obstante, es cierto que este proyecto tiene el potencial de solucionar la falta de infraestructuras en el mundo. Por lo tanto, al impulsar este proyecto, China debe moderar más sus ambiciones mientras que los países principales, como EE.UU. o Japón, tienen que hacer esfuerzos por guiar a China en la dirección correcta.

 

Hikaru Takatori. Alumno del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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