en Justicia e Interior

– Santiago Liniers – 

  • Propuesta para la defensa del proyecto europeo a través del cumplimiento de nuestros deberes fundamentales

Recientemente, George Soros publicó un artículo titulado “Unión Europea: Cómo salvar Europa” en el que analizaba la crisis existencial de la UE  y planteaba varias medidas para revertir esta situación. A pesar de que expone los principales problemas a los que se enfrenta, no responde a la pregunta que nos hacemos muchos jóvenes europeos hoy: ¿y ahora a dónde vamos?

Soros plantea la crisis de refugiados, la política de austeridad y la desintegración territorial como los tres factores que actualmente ponen en peligro el proyecto europeo. Estos factores son, sin embargo, las consecuencias de una falta de proyecto o relato común como el que consiguió inspirar al autor del artículo y a nuestros padres durante el proceso de integración europea.

Ante cada una de estas cuestiones, el presidente de Open Society Foundations defiende la necesidad de huir de las obligaciones impuestas actualmente por la UE y rediseñar un sistema de políticas “voluntarias”. Sostiene que cada Estado miembro debe decidir hasta qué punto se acoge tanto a las políticas específicas como al proyecto europeo en general. Una Unión Europea a la carta en el momento de mayor reivindicación de soberanía nacional. Nada muy diferente de la propuesta perdedora “pick-and-choose Europe” de John Major.

El planteamiento de una Europa de varias velocidades, pero con un objetivo común, responde a la realidad de diversidades económicas y políticas de los Estados miembros. Difícilmente habríamos alcanzando el nivel actual de integración y desarrollo de la Unión Europea si se hubiese avanzado sin respetar los diferentes ritmos de integración de sus socios. Sin embargo, plantear una “Europa de varios carriles” sin un objetivo final de integración supone aceptar el fracaso de la UE como proyecto político común.

Resulta imposible plantear un espacio de derechos y libertades, como el europeo, huyendo de las obligaciones que éstas acarrean. Si aceptamos un sistema a la carta, implícitamente estaremos favoreciendo que los líderes nacionales continúen explotando los logros europeos como propios y las obligaciones como imposiciones extranjeras involuntarias: beneficiándose así del proyecto europeo y rehuyendo selectivamente de los esfuerzos que puedan no favorecerles electoralmente.

Esta consecuencia ha quedado plasmada durante la crisis de refugiados. La respuesta de la UE ha dependido, mayoritariamente, de la voluntad individual de sus Estados miembros. Ya sea por imposición geográfica, por sensibilidad humanitaria o simplemente como respuesta electoralista, en algunos casos de forma demagógica y racista, de los líderes nacionales. Incluso los acuerdos alcanzados a nivel comunitario han sido incumplidos de forma sistemática, con la única amenaza de una posible sanción económica leve.

La crisis de refugiados ha expuesto la ineficacia del Acuerdo de Schengen y el Reglamento de Dublín para hacer frente a uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos, no sólo en Europa, sino en todo el mundo. El incremento de los flujos migratorios hacia la UE no puede plantearse simplemente en términos policiales o de vigilancia. Nos encontramos ante una enorme crisis humanitaria y nuestra respuesta se ha sustentado en el miedo a un posible “efecto llamada”.

En ningún caso se ha afrontado como una cuestión de corresponsabilidad o como una obligación derivada de la defensa de los valores europeos. Sin olvidar, por supuesto, el incumplimiento de los compromisos adquiridos por los acuerdos internacionales. Hemos cedido a los intereses particulares de determinados gobiernos o incluso a movimientos ultraderechistas y xenófobos en alza. Esto no ha hecho más que legitimar sus posiciones, tanto a nivel nacional como europeo.

Al permitir exenciones voluntarias a los acuerdos estamos creando de facto una Unión Europea a la carta, en línea con la propuesta de Soros. Sin duda debemos analizar y adaptar la respuesta a la crisis migratoria a la realidad de cada país, ofreciendo compensaciones e incentivos económicos a aquellos países en los que tiene un mayor impacto directo. Sin embargo, esta política debe ser colectiva, de cumplimiento obligatorio y en línea con los valores que han fundamentado la integración europea.

La gestión de esta crisis determinará el futuro de la Unión Europea y cómo afrontaremos el resto de retos a los que nos enfrentamos como europeos: la desintegración territorial, las consecuencias de las políticas de austeridad o el auge de movimientos antieuropeos. Si decidimos apostar por una Unión a la carta difícilmente podremos huir de la visión de la UE como un proyecto elitista o de un juego de suma cero tanto en soberanía como en poder.

La defensa de los valores europeos, a través del cumplimiento de nuestras obligaciones éticas y legales, debe ofrecer un discurso emocional y racional alternativo al que promueven los movimientos ultraderechistas en Europa. Hasta ahora, en palabras de Mark Lilla, la “mentalidad burocrática de los que promueven Europa carece de una base psicológica sobre lo que motiva a la gente en política”. Para revertir esta situación, no debemos tratar de integrar las propuestas de aquellos que quieren desintegrar la UE en nuestro propio proyecto político, sino ofrecer un discurso alternativo.

La integración europea representó un proyecto de paz, prosperidad y modernización para los países que participaron en ella. Esta visión está desapareciendo. En un contexto nuevo y plagado de retos, la UE debe simbolizar, al igual que lo hizo para nuestros padres, una Unión basada en derechos y deberes fundamentales compartidos. Está en nuestra mano determinar qué proyecto europeo queremos. Pero éste depende, en gran medida, de la respuesta que ofrezcamos a la crisis de los refugiados. Si no cumplimos con nuestras obligaciones difícilmente podremos defender los valores fundacionales de la Unión Europea.

Esta propuesta pasa por que los actuales líderes europeos estén dispuestos a cambiar el discurso sobre la UE como un fin en sí mismo, como también parece extraerse del artículo de Soros, a volver a entenderla como un proyecto compartido aún en construcción y por el que debemos luchar activamente. A pesar de que defender el cumplimiento de nuestros deberes pueda parecer volver al discurso frío, gris y burocrático que precisamente nos ha alejado del proyecto europeo, la naturaleza de los retos a los que nos enfrentamos nos permitiría ofrecer un relato emocional con el que volver a identificarnos. Así, cuando nos volviésemos a preguntar hacia dónde vamos, tendríamos claro que hacia una Unión Europea basada en la defensa compartida de valores como la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Santiago Liniers. Director de Programas de Aspen Institute España y antiguo alumno del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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