en Ciudadanía

– Antonio G. Maldonado – 

Decía el expresidente Felipe González que no sabía muy bien qué era la Unión Europea, pero que cuando salía del continente y miraba, lo tenía bastante claro. Es algo que se pone de manifiesto cuando un argentino, un marroquí o indonesio nos cuentan de sus ganas de viajar no a España, a Alemania o Italia, sino a Europa. Desde fuera queda más clara la unidad cultural, el demos incipiente que a veces nos resulta elusivo desde la vorágine interna.

Fuera nos sentimos más desprotegidos, y los contornos de aquello que dejamos atrás se definen mejor. Ocurre con Europa, y también con España, o incluso con las costumbres familiares y culinarias. Por esa razón, el extrañamiento, la morriña del expatriado es una buena forma de reconquistar afectos o de acrecentarlos, de generar nuevas lealtades entre gobernantes y gobernados. El expatriado, con más sensaciones a flor de piel respecto de su lugar de origen, es un buen termómetro de la relación de las instituciones con los ciudadanos.

La crisis europea  empujó a muchos ciudadanos a emigrar, fuera y dentro de la UE. El continente dejó de ser tierra de promisión para muchos de sus hijos, que mantienen una extraña relación de amor-odio, o al menos de recelo fundado, con unas instituciones que pilotaron las políticas contra la recesión y a las que, íntimamente o explícitamente, culpan de sus años perdidos y de sus expectativas menguadas. Esta situación ha sido más habitual en los expatriados nacionales, y por primera vez la hemos visto en esta crisis en los expatriados comunitarios.

Por eso, las delegaciones de la UE en el mundo tienen un papel tan importante que jugar para recuperar la idea de Europa y reconciliarla con tantos ciudadanos. Las labores de las mismas están tasadas y tienen que ver con sus competencias, que comparten con las más poderosas embajadas de los Estados miembros. Pero también tienen un margen de discrecionalidad que muchos de sus titulares han aprovechado de mejor o peor forma. Es demasiado habitual que una delegación funcione en base a la evanescente voluntad de su titular, en lugar de por obligaciones regladas de actuación en, por ejemplo, integrar a la comunidad de expatriados.

La relación de los expatriados suele estar centrada en asuntos consulares, económico-empresariales y culturales, y es lógico que así sea. Pero lo que funciona para Estados y ciudadanos cuya lealtad nacional se presume, no lo es para una UE que tiene que ganar legitimidad política y generar sentimiento de comunidad. Por eso, mi propuesta es que, en la línea de la “Europa que protege” de la que habla Macron, las delegaciones de la UE tengan en su equipo director a un representante de los expatriados, escogido entre los expatriados y por los expatriados, que se encargue de representarlos en el equipo de Gobierno y actúe como enlace en la doble dirección.

Un representante que se encargue de tomar el pulso al estado de ánimo y a las necesidades de esta comunidad europea en el exterior, y que las transmita al jefe de la delegación. Y que no sea un encargado de asuntos consulares, administrativos, sino un consejero y portavoz de peso en asuntos políticos, estratégicos e institucionales de todo lo relacionado con la política de la UE. Pensemos, por ejemplo, en cómo podía transmitir este delegado el ánimo respecto al voto al Parlamento Europeo, y cómo de esa forma se podría incentivar la participación con charlas o visitas específicas tras haber detectado los puntos débiles del euroentusiasmo entre dicha comunidad.

Sentirse integrado, partícipe y protegido es algo que se valora mucho más en el exterior, y aunque estas comunidades no son las que más destacan por su europesimismo ni euroescepticismo, empezar por aquí puede ser una forma relativamente fácil y eficaz de seguir construyendo demos. Si creemos en la vocación exterior de la Unión, ha de notarse más entre sus ciudadanos expatriados.

Antonio G. Maldonado. Analista de riesgo-país y asesor político.

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