en España en la UE, Política Exterior y de Seguridad, Unión Europea

-Ainhoa Uribe Otalora-

¿Hacia dónde va Europa? ¿Qué futuro le espera a la Unión Europea (UE) tras el Brexit? ¿Serán más los países que inicien un camino de salida? Éstas y otras muchas son las interrogantes que rodean el proyecto comunitario. No en vano, cuando los analistas, los políticos y los medios de comunicación reflexionan sobre el futuro de la Unión Europea, es común descubrir en los últimos años una tendencia marcada hacia el pesimismo, la fatalidad y el desánimo. Se apuntan las crisis presentes y futuras en el horizonte como obstáculos formidables e insuperables que acabarán por destruir esa realidad de paz, desarrollo humano y prosperidad económica que es la Unión Europea. Ante ese estado de ánimo solo cabe observar los hechos con objetividad y perspectiva, con respecto al camino recorrido, al presente incierto y al futuro por llegar.

La Unión Europa es una realidad sólida e inevitable. Los Estados lo saben, una gran parte de los ciudadanos también, y los políticos sensatos (al margen de su color político) lo asumen con normalidad y, en algunos casos, incluso, con entusiasmo. El sueño de una Europa en paz se ha hecho realidad a través de una realidad jurídica, administrativa y económica que a veces ha sido presentada, equivocadamente, como un ente sin corazón, sin alma, sin épica. Se equivocan los que la presentan así; precisamente, como en toda organización humana, la existencia de esos entramados jurídico-administrativos son la garantía, la guardia pretoriana, de ese sueño de paz y estabilidad que es una Europa Unida.

¿Hará falta tener que perder esa estabilidad y ese orden juridificado para echarlo de menos? La Historia está llena de ejemplos trágicos que nos han hecho recordar que tenemos que seguir luchando por valores como la democracia, la libertad o la paz. Los seres humanos somos así, sólo cuando perdemos algo, nos acordamos de los mucho que lo apreciábamos. La Segunda Guerra Mundial trajo consigo la añoranza por la paz perdida y los intentos de la comunidad internacional por evitar nuevas conflagraciones a través de mecanismos como la Sociedad de Naciones, dando lugar así a la creación de la ONU. El proyecto comunitario surgió precisamente en ese contexto de búsqueda de la restauración de los valores que hacen posible la prosperidad y la concordia entre los Estados, en este caso, en Europa. Por ello, el Brexit, aun siendo una mala noticia, ha servido de acicate para sacudir las conciencias de muchos y recordar lo que se pierde fuera del espacio comunitario. Los británicos se han sumido en el caos político, económico y social por el Brexit y, a un lado y otro del Canal de la Mancha, hemos aprendido lo mucho que se gana dentro de la UE y lo mucho que se pierde fuera de ella.

La situación, aun siendo muy grave, no es nueva. El sueño europeo se ha enfrentado a numerosas crisis a lo largo de su historia y de todas ellas ha salido reforzada. Porque no hay otro camino, no hay otra ruta a seguir. Fuera de ese itinerario solo hay incertidumbres y soledad en un mundo multipolar, sometido a las presiones telúricas de un cambio de ciclo geopolítico de consecuencias todavía imprevisibles.

Para un país como España, en este nuevo escenario mundial, el lugar de pertenencia debe ser las coordenadas políticas, económicas y sociales que marca la Unión Europea. Puede que este modelo europeo no sea perfecto, puede que adolezca de muchos defectos y que haya un déficit democrático en su seno, como argumentan quienes lo critican, pero es el menos malo de los modelos posibles que se plantean como alternativos. Basta asomarnos a nuestro alrededor para comprobar los beneficios que nos ha traído la participación en la Unión Europea en las últimas décadas, al crear un sistema supranacional jurídico-político, que coloca al ser humano como centro mismo de toda su estructura, como preocupación principal. En ninguna otra parte del mundo se puede predicar lo anterior con tanta intensidad como en la Unión Europea. Y aunque algunos de sus ciudadanos, desagradecidos o desconocedores, se manifiestan en contra de ese estado de cosas, no están sino arriesgando toda esa prosperidad en pos de unas incertidumbres nebulosas o de soluciones nacionales egoístas y propias del pasado. Salir de la Unión, perseguir los modelos aislacionistas y proteccionistas no es mirar hacia el futuro, sino dar un paso atrás.

No obstante, Europa necesita un nuevo impulso que supere la crisis generada por el Brexit y la desafección y antieuropeísmo de algunos gobiernos, partidos políticos y ciudadanos. España, ahora sin el Reino Unido, debe pasar a ser una potencia central en la UE, junto a países como Alemania y Francia, para ayudar a desarrollar una estrategia comunitaria de diplomacia social que nos recuerde a todos la necesidad de la Unión.

La designación de las nuevas autoridades al frente de la Unión Europea es una magnífica oportunidad para impulsar esa nueva etapa de consolidación de lo existente, de ampliación del consenso en torno a valores comunes, de replanteamiento de políticas ineficaces, y de renovación profunda de los objetivos y medios que permitan una mayor integración. Y ello es necesario porque la situación actual de orden liberal, desarrollo económico y estabilidad política ya no se puede dar por garantizada sin más. En el mundo actual, globalizado e hiperconectado, ninguna de las potencias europeas va a poder navegar en solitario. Por eso es más necesario que nunca para la UE tener presencia en el mundo, con una voz potente y propia, que permita defender esos valores fundacionales europeos, que son al mismo tiempo su razón de ser y su fortaleza.

La nueva dirección de las instituciones europeas pasará a la historia por su capacidad (o su incapacidad) para plantar cara a los múltiples retos a los que se va a tener que enfrentar. Esperemos que Úrsula Von der Leyden, como Presidenta de la Comisión Europea, sepa dirigir esa maravillosa y valiosísima realidad histórica que es la Unión Europea; isla de paz, progreso, derechos y valores, en medio de un océano de incertidumbres.

Ainhoa Uribe Otalora. Profesora Titular de Ciencia Política. Vicedecana. Facultad de Derecho.Universidad CEU San Pablo.

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